EL ABISMO SINFÍN DE LA PORNOGRAFÍA

La pornografía es un abismo sin fin y uno de los principales medios que Satanás utiliza para atacar a la humanidad en general y, por cierto, también a los creyentes en Cristo.

La palabra “pornografía” proviene de dos vocablos griegos: porné, que originalmente significaba “prostituta” y se traduce como “ramera” en el Nuevo Testamento. Aunque este término hacía referencia a las mujeres que ejercían la prostitución, también podía aplicarse a los varones. El segundo vocablo es grafé, que significa “imagen”, “pintura” o “escritura”, y abarca toda clase de representaciones físicas destinadas a provocar excitación sexual en quien las contempla.

Muchos nos han preguntado cuál es el lugar de la pornografía en el matrimonio. En una cultura que con frecuencia desprecia, e incluso ridiculiza, la fidelidad conyugal, la pareja cristiana que desea vivir en pureza sexual parece nadar contra la corriente.

Sin embargo, Dios diseñó el matrimonio como el contexto apropiado para la intimidad sexual y como medio para reflejar su gloria en la tierra mediante el pacto matrimonial. Los cristianos debemos ver el matrimonio como un pacto inviolable hecho delante de Dios y los hombres. Por eso no deberíamos avergonzarnos de hablar de sexo, pues forma parte de la creación de Dios. Si después de crear todas las cosas Dios dijo que “era bueno en gran manera” (Génesis 1:31), ¿por qué los cristianos somos reticentes a hablar de este tema? Evadirlo es ignorar uno de los maravillosos regalos de la creación de Dios.

Sin embargo, usar indebidamente esta dádiva de Dios es ir en contra del diseño divino de la sexualidad en el matrimonio. Uno de esos usos distorsionados es la pornografía, un problema que se presenta con frecuencia en la consejería matrimonial. No todos se atreven a hablar de ello, aunque afecta a hombres y mujeres de distintas edades, si bien los hombres suelen tener una mayor predisposición a caer en esta trampa. Algunos callan por vergüenza, porque en su interior saben que no está bien. Otros la justifican creyendo que puede mejorar su vida sexual en el matrimonio. Sin embargo, con el tiempo, la pornografía no fortalece la intimidad conyugal; por el contrario, la deteriora y atenta contra el vínculo matrimonial.

La pornografía no es inofensiva, aunque muchos así lo crean. Por el contrario, alimenta la imaginación con imágenes que conducen al adulterio mental, despierta deseos contrarios al diseño original de Dios, aviva pasiones desordenadas y provoca una excitación sexual licenciosa. No es una simple “distracción”, sino una puerta que involucra la mente, la imaginación y la fantasía, y conduce a la lujuria que el Señor Jesús condenó en Mateo 5:27-29: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”.

Muchas personas tienen una idea incompleta o distorsionada de lo que representa el sexo en la relación matrimonial. Aunque el placer físico es una parte evidente de la intimidad sexual, no puede separarse del aspecto emocional y espiritual. Dios creó al hombre y a la mujer para satisfacerse mutuamente en una relación de pacto que se consuma al unirse en una sola carne, tal como leemos en la Palabra: “… y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno” (Marcos 10:8).

Cuando Dios dijo que el hombre y la mujer serían “una sola carne”, se refería a una entrega abnegada en la que cada uno se olvida de sí mismo para procurar también el bien, la satisfacción y la plenitud del otro. Por eso, cuando uno de los cónyuges, o ambos, recurren a la pornografía, la intimidad deja de centrarse en el amor y la entrega mutua y se convierte en una búsqueda egoísta de satisfacción personal.

La expresión “hacer el amor” se ha generalizado para referirse a la relación sexual entre un hombre y una mujer que se aman. Sin embargo, cuando los cónyuges se apartan de la instrucción bíblica sobre el matrimonio y la sexualidad, aquello que debería expresar amor puede terminar por “deshacerlo”. La pornografía introduce imágenes ajenas en la mente y desplaza la atención del cónyuge real hacia una fantasía. De este modo, la intimidad deja de ser un encuentro exclusivo entre esposo y esposa, y se convierte en una forma de infidelidad interior que hiere el pacto matrimonial.

Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que la pornografía es una expresión de lujuria y codicia. Jesús se refirió a esta realidad cuando enseñó que el pecado no comienza solo en el acto externo, sino también en la mirada y en la intención del corazón: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:27-28).

La pornografía se enfoca exclusivamente en el aspecto físico y reduce la sexualidad a una búsqueda de placer personal. En ella no hay lugar para el afecto, la entrega ni el amor genuino. Además, suele alimentar hábitos centrados en la autosatisfacción, reforzando una mentalidad egoísta que se opone al diseño de Dios para la intimidad matrimonial.

Cuando el hombre o la mujer se acostumbra a depender de estas fantasías sexuales, pronto descubre que ya no son suficientes. Entonces necesita más imágenes, más estímulos o experiencias cada vez más intensas para alcanzar el mismo nivel de excitación. Esto ocurre porque la pornografía termina ocupando el lugar que debería pertenecer al deseo legítimo de entregarse y satisfacerse mutuamente dentro del matrimonio. Por eso, la Palabra advierte: “A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer y cada una tenga su propio marido. El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer” (1 Corintios 7:2–4).

En el sitio web Evangelio Blog, el Dr. Albert Mohler describe con claridad este problema que afecta tanto a personas fuera de la iglesia como dentro de ella: “La pornografía es una calumnia contra la bondad de la creación de Dios y la corrupción de este don bueno que Dios ha dado a sus criaturas como reflejo de su propio amor y entrega. Abusar de este don es debilitar no solo la institución del matrimonio, sino también la fibra de la civilización misma. Elegir la lujuria por encima del amor es rebajar a la humanidad y adorar al falso dios Príapo (el dios de la masculinidad según la mitología griega) en la forma más descarada de la idolatría moderna”.¹

Desde la pubertad y a lo largo de la vida, muchos hombres enfrentan luchas relacionadas con la lujuria, pues forman parte de la naturaleza humana caída. Por eso, no debemos juzgar ni condenar a quien batalla con la pornografía, sino ayudarlo con verdad, compasión y firmeza para que pueda ser libre en Cristo.

  1. CON EL PASO DEL TIEMPO, LA PORNOGRAFÍA HA EMPEORADO

Quienes han estado expuestos a este tipo de contenido reconocen que, con el paso del tiempo, la pornografía se ha vuelto cada vez más explícita, agresiva y degradante. Lo que antes se presentaba en revistas “para adultos” con imágenes insinuantes, hoy se ofrece abiertamente mediante escenas sexuales explícitas, prácticas cada vez más distorsionadas y contenidos que rebajan profundamente la dignidad humana.

La degradación ha llegado a niveles alarmantes, incluso con la explotación de menores, lo cual revela hasta dónde puede descender una sociedad cuando separa la sexualidad del diseño santo y protector de Dios.

  1. LA PORNOGRAFÍA PRODUCE ADICCIÓN

Cuando una persona cede a deseos sexuales desordenados y comienza a ver imágenes explícitas en películas, sitios web o redes sociales, pronto descubre que necesita ver cada vez más. La pornografía despierta un apetito difícil de saciar, similar al que provocan otras adicciones, y puede convertirse en una atadura espiritual, emocional y mental.

Por eso la Palabra nos advierte: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:16).

  1. LA PORNOGRAFÍA DEGRADA AL SER HUMANO, ESPECIALMENTE A LA MUJER

La pornografía degrada al ser humano al reducirlo a un objeto de consumo. En el caso de la mujer, esto representa un ataque directo a su dignidad, pues la presenta como un cuerpo disponible para satisfacer deseos ajenos. Esta es la llamada “mirada cosificadora”, que despoja a la persona de su valor, su historia e identidad.

En contraste, Jesucristo dignificó a la mujer en su rol y condición. La Palabra exhorta: “Ustedes, maridos, de la misma manera vivan con ellas con comprensión, dando honor a la mujer como a vaso más frágil y como a coherederas de la gracia de la vida, para que las oraciones de ustedes no sean estorbadas” (1 Pedro 3:7).

El material pornográfico presenta a la mujer de una forma que atenta contra su verdadera naturaleza. La exhibe con un deseo sexual irreal e insaciable, lo que puede distorsionar la percepción del hombre y llevarlo a creer que la mujer está siempre disponible para satisfacer sus impulsos.

Además, diversos estudios han observado una relación entre la pornografía y la violencia sexual. Un artículo de Fight the New Drug indica que el 88,2 % de las escenas pornográficas más populares contenían violencia o agresión física, mientras que el 48,7 % incluía agresión verbal.

  1. LA PORNOGRAFÍA TIENE EL POTENCIAL DE DESTRUIR LA VIDA MATRIMONIAL

Es común que una persona descubra que su cónyuge ha estado consumiendo pornografía en secreto. Cuando esto ocurre, la relación puede verse sacudida por sentimientos de rechazo, soledad, ira, vergüenza y una profunda sensación de traición.

La vergüenza, el aislamiento y la desconfianza que produce el consumo de pornografía pueden convertirse en un abismo sin fin de conflictos personales y matrimoniales.

Algunas parejas también recurren a películas o imágenes pornográficas con la intención de “avivar” su vida íntima. Al principio puede parecer excitante, pero el resultado final suele ser destructivo. Con el tiempo, esos estímulos dejan de ser suficientes y se necesita cada vez más para obtener la misma respuesta.

El consumo de pornografía puede contribuir a rupturas matrimoniales, disfunciones sexuales, pérdida de interés por la relación conyugal, aislamiento emocional y deterioro de los vínculos afectivos.

Dios creó el sexo para el matrimonio, en una relación íntima en la que estén presentes el respeto mutuo, la comunicación y el amor. Solo cuando estos valores se cultivan en la relación de pareja, la intimidad sexual se convierte en una bendición para ambos.

  1. LA PORNOGRAFÍA TAMBIÉN ES DEVASTADORA PARA NIÑOS Y ADOLESCENTES

Muchos padres no son conscientes de que entregar un teléfono inteligente con acceso a Internet a sus hijos puede exponerlos constantemente a contenidos nocivos, aun cuando no los busquen de manera intencional.

Un artículo de Cuidemos a la familia señala que “el primer acceso de los jóvenes a contenidos pornográficos en Internet se anticipa a la etapa infantil, con una edad media de 8 años”.

Las investigaciones presentan cifras alarmantes. Durante el año 2020, el 50 % de los niños de 11 a 13 años, el 65 % de los adolescentes de 14 a 15 años y el 78 % de los adolescentes de 16 a 17 años habían estado expuestos a contenidos pornográficos.

Cuando niños y adolescentes acceden a la pornografía, adoptan una visión distorsionada de la sexualidad, del cuerpo, del amor y de las relaciones. Y si la pornografía puede dañar profundamente a un adulto, ¿cuánto más puede afectar una mente y un corazón que todavía están en formación.

¡EXISTE UN CAMINO HACIA LA LIBERTAD, LA FELICIDAD Y LA SATISFACCIÓN SEXUAL!

La mejor manera de concluir este artículo es invitarte, si has caído en la pornografía, a renunciar a ella en el nombre de Jesús y a romper con ese hábito destructor, contrario al diseño divino de la sexualidad.

Si no puedes hacerlo por tu cuenta, busca la ayuda de un amigo cristiano maduro, un pastor o un líder espiritual que pueda acompañarte en este proceso. No lo dejes para mañana. Hoy puede ser el día de comenzar a ser libre de las cadenas de esta esclavitud y volver al camino de pureza, sanidad y plenitud que Dios diseñó para tu vida.

CÓMO RENUNCIAR A LA ADICCIÓN A LA PORNOGRAFÍA Y A TODA FORMA DE PERVERSIÓN SEXUAL

  1. Recibe a Cristo como tu Salvador personal (Juan 1:12).
  2. Confiesa tu pecado y apártate de él. La sangre de Cristo puede limpiarte de todo pecado sexual (1 Corintios 6:9-11; 2 Corintios 2:5-11; 1 Juan 1:9).
  3. Renuncia, en el nombre de Jesús, a toda perversión sexual que hayas practicado en el pasado y cierra toda puerta abierta al pecado (Proverbios 28:13).
  4. Pide a Dios que te llene del Espíritu Santo y consagra tu vida sexual al Señor para que Él la purifique y la restaure (Efesios 5:18).
  5. Decide vivir conforme a los principios de santidad establecidos en la Palabra de Dios (Josué 1:8).
  6. Aprende a resistir toda tentación sexual en el nombre de Jesús y a permanecer firme en la fe (Santiago 1:12).
  7. Busca ayuda pastoral y espiritual para recibir acompañamiento, oración y dirección en este proceso de libertad (1 Juan 3:8).

SUGERENCIAS ÚTILES PARA MANTENER LA PUREZA SEXUAL

  1. Ten siempre presente que tu cuerpo pertenece al Señor (1 Corintios 6:13).
  2. Mantén distancia de todo aquello que alimente la tentación sexual.
  3. Cuida lo que miras, lees y consumes en Internet (1 Juan 2:16).
  4. Cuida tu mente y desecha toda fantasía sexual contraria a la pureza. En su lugar, piensa en “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza” (Filipenses 4:8).
  5. Evita palabras sugestivas, comentarios de doble sentido o conversaciones que alimenten la inmundicia sexual.
  6. Cuida tus gestos, tu conducta y la manera en que te relacionas con los demás.
  7. No alimentes los deseos de la carne; somételos a la obediencia de la Palabra de Dios.
  8. Rodéate de amistades que amen al Señor y vivan en pureza sexual.
  9. Decide consagrar tu vida sexual a Cristo y vivir en santidad.
  10. No sientas vergüenza de vivir de manera diferente en medio de un mundo que se aleja de Dios. Ver la sexualidad como Dios la ve es una señal de obediencia y madurez espiritual.

¡En la presencia de Dios no hay vergüenza, sino seguridad, confianza, amor y libertad para disfrutar de la vida sexual como Él la diseñó, dentro del marco donde Él la aprueba: el matrimonio!

Ritchie y Rosa Pugliese

¹ Albert Mohler, “La seducción de la pornografía y la integridad del matrimonio cristiano, 1.ª parte”, Evangelio.blog, 30 de mayo de 2012.

 

 

 

 

 

 

 

 


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