EL MATRIMONIO: UN REFUGIO DISEÑADO POR DIOS

Por Ritchie y Rosa Pugliese

No hay mayor seguridad que la que Dios ofrece cuando seguimos sus caminos. Sin embargo, en su sabiduría, Él también diseñó el matrimonio como un refugio frente a los peligros de la vida diaria, un lugar donde el corazón pueda descansar y fortalecerse.

Cuando pensamos en un refugio, suele venirnos a la mente la imagen de tiempos de guerra: ciudades bajo amenaza, sirenas que anuncian un ataque, personas corriendo para ponerse a salvo. Aunque hoy quizá no enfrentemos esos escenarios, vivimos en un mundo cargado de peligros que “bombardean” nuestro interior: tensiones, tentaciones, presiones, heridas, inseguridades y voces que buscan debilitarnos.

Frente a todo esto, Dios nos ha dado el matrimonio como un espacio de protección espiritual, emocional y relacional. Este refugio se sostiene sobre cuatro pilares esenciales de la vida conyugal.

1. Intimidad sexual

En el matrimonio, la intimidad no es solo para la reproducción, sino también un regalo de Dios para el deleite, la conexión profunda y el fortalecimiento del vínculo. Dentro del pacto matrimonial, la sexualidad encuentra un marco de libertad y pureza donde no hay espacio para la infidelidad, el engaño o la promiscuidad, con todas sus consecuencias dolorosas.

La Palabra nos exhorta: “Huyan de la inmoralidad sexual. Cualquier otro pecado que el hombre cometa está fuera del cuerpo, pero el inmoral sexual peca contra su propio cuerpo.  ¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que mora en ustedes, el cual tienen de Dios, y que no son de ustedes?  Pues han sido comprados por precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo” (1 Corintios 6:18-20). Recomendamos leer nuestro artículo: “La sexualidad en el matrimonio”.

2. Comunicación

El diálogo es vital para un matrimonio saludable. Hablar con libertad, sinceridad y respeto crea un ambiente donde ambos pueden expresar pensamientos, emociones y preocupaciones sin miedo al juicio. El matrimonio es ese lugar seguro donde se puede conversar e incluso debatir con amor, buscando siempre la unidad.

Cuando la comunicación se rompe, se abren puertas a malentendidos, discusiones y distancias que debilitan el vínculo. Por eso es tan importante escucharse atentamente y mantener un diálogo amable. Recomendamos leer nuestro artículo: “El arte de la comunicación en el matrimonio”.

Si quieres fortalecer tu vida matrimonial, sigue el consejo de tu Padre celestial, que te dice : “Hijo mío, presta atención a mi sabiduría, escucha cuidadosamente mi sabio consejo.  Entonces demostrarás discernimiento, y tus labios expresarán lo que has aprendido” (Proverbios 5:1-3, NTV).

3. Comprensión

La falta de comprensión es la causa de gran parte de las peleas y discusiones tanto en el matrimonio como fuera de él. Parece ser que la comprensión es una virtud cada vez más escasa en el ser humano.

Sin embargo, en el hogar cristiano deberíamos experimentar esta virtud en su máxima expresión. En un mundo donde estamos expuestos constantemente a la intolerancia y los malentendidos, ¿qué mejor que llegar a nuestro hogar y sentirnos comprendidos por un cónyuge que nos ama tanto, que percibe nuestro estado de ánimo y excusa cualquier arrebato de mal humor que podamos expresar?

Cabe aclarar que la comprensión no viene por “imposición de manos”. Tú no recibes la capacidad de comprender al otro por la oración de tu pastor o tu líder; sino que te corresponde a ti desarrollar una actitud comprensiva y tolerante hacia los demás, en especial hacia tu cónyuge.

Algunos dicen: “Es que mi esposo/a no me comprende”. Sin embargo, no podemos esperar que nuestro cónyuge nos comprenda, si nosotros no lo hacemos. Tú debes dar el paso inicial de mostrar comprensión, y verás que cuando lo hagas, tu cónyuge también empezará a comprenderte.

“Sean siempre humildes y amables. Sean pacientes unos con otros y tolérense las faltas por amor” (Efesios 4:2, NTV).

Practica este consejo del apóstol Pablo, y verás un cambio positivo en tu relación matrimonial.

4. Aceptación incondicional

Para que el matrimonio sea un refugio, debe existir aceptación mutua. Resulta difícil vivir en paz cuando cada cónyuge se enfoca únicamente en los defectos del otro. Cuando a cada momento le señalamos sus defectos nos olvidamos que Jesús murió en la cruz por sus pecados (podríamos decir también, por sus errores o defectos) al igual que por los míos. Así que en realidad, estamos en igualdad de condiciones. Ambos somos pecadores redimidos por la sangre de Cristo, y como tales, somos seres humanos imperfectos y falibles.

Ser un buen cónyuge implica aceptar al otro tal como es. Aunque a veces resulte difícil, todos deseamos ser aceptados. Los matrimonios que aprenden a practicar la aceptación son los que permanecen y resisten la prueba del tiempo. Es importante destacar la palabra “practicar”, porque la aceptación no surge de manera automática; requiere intención, esfuerzo y un compromiso diario de recibir al otro con sus virtudes y también con sus debilidades.

Ahora bien, la pregunta que muchos nos hacen es: ¿Y si mi cónyuge tiene una conducta inaceptable? Pues bien, no estamos afirmando que debemos aceptar un comportamiento inaceptable.  Aceptar abusos, maltrato o adicciones no es correcto; pero en la mayoría de los casos no se trata de estos desmanes, sino de aspectos de la personalidad del otro. Todos somos fruto de una experiencia de vida personal y particular, que nos ha ido formando en lo que somos… con nuestras virtudes y defectos. Por lo tanto, es más provechoso que apreciemos las características positivas de nuestro cónyuge, que sin duda las tiene.  Y, con respecto a sus defectos y errores, seamos pacientes. No olvidemos que el Señor nos exhorta a “ser pacientes, tolerantes unos con otros en amor” (Efesios 4:2, NVI).

El mayor bien que podemos hacer a nuestro matrimonio y a nuestro cónyuge es la aceptación.  Aceptémoslo/a tal como es, no como queremos que sea, y así estaremos edificando una relación sólida y, más que una relación, una amistad.

Si tu matrimonio todavía no es un refugio, no te desalientes. Comienza hoy mismo a hacer los cambios necesarios para transformar tu matrimonio en tu refugio. Y, por sobre todas las cosas, no pierdas la fe.

“Que el Dios que infunde aliento y perseverancia les conceda vivir juntos en armonía, conforme al ejemplo de Cristo Jesús” (Romanos 15:5).

 


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