CUANDO UNO DE LOS CÓNYUGES NO ES CREYENTE

Uno de los dilemas más inquietantes de la vida cristiana matrimonial se produce cuando uno de los cónyuges no es creyente.

Tal vez uno de los cónyuges nació en un hogar cristiano y el otro no. Quizás uno recibió a Jesús como su Salvador personal en su juventud y el otro no. O incluso es posible que los dos hayan sido cristianos, pero uno se apartó de los caminos de Dios. Sea cual sea la situación, cuando uno de los cónyuges no tiene una experiencia personal y diaria con Dios, el otro sufre y no sabe qué hacer.

La pregunta que más nos formulan en nuestra tarea pastoral es: “¿Qué debo hacer con mi esposo/a inconverso/a?”. “¿Debo seguir al lado de un hombre/una mujer que no ama a Dios?”. ¿Qué hago si mi esposo/a ni siquiera cree en Dios?”. O, simplemente, dicen con un tono de resignación y tristeza: “Muy bonitas las enseñanzas para matrimonios, pero yo no las puedo poner en práctica porque mi esposo/a no quiere saber nada de las cosas de Dios”.

En primer lugar, el apóstol Pablo enseña lo siguiente en su carta a los corintios: “Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone” (1 Corintios 7:12-13). Es decir que si el cónyuge inconverso no se opone a que su esposo/a asista regularmente a la iglesia y respeta su decisión de seguir a Cristo, el cónyuge cristiano no debería abandonarlo/a.

Sin embargo, cabe aquí preguntarnos: Si el designio divino para el matrimonio es glorificar el nombre de Dios y ser un reflejo de la relación de amor de Dios con su Iglesia, ¿cómo puede un matrimonio en donde sólo uno de los cónyuges es cristiano dar gloria a Dios? ¿Cómo puede ser un reflejo de la relación de amor de Dios con su Iglesia? La Biblia no se queda callada al respecto y nos explica que “el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos” (1 Corintios 7:14). Dado que el plan original de Dios no fue el divorcio, Él quiere usarte para que tu cónyuge llegue al conocimiento de la gracia y la salvación en Cristo Jesús, por eso es santificado a través de ti. Y no solo tu cónyuge es santificado, sino también tus hijos.

Ahora bien, mientras llega el momento en que tu cónyuge entre a formar parte de la familia de Dios sería bueno seguir algunas recomendaciones que enumeraremos a continuación.

1. Pon en práctica los principios bíblicos en tu propia vida y en tu hogar 
De nada vale que tu cónyuge vaya contigo “a la iglesia” si en tu hogar no pones en práctica los principios bíblicos para los hijos de Dios. El mayor impacto para tu cónyuge es ver el reflejo del carácter de Cristo en tu propia vida y en tu hogar como resultado de tu relación personal con Él. Por eso, si eres un esposo debes ser responsable de proporcionar seguridad física, económica y emocional a tu esposa. Y si eres una esposa, debes ser la ayuda idónea que Dios diseñó que fueras, porque la Palabra declara: “El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido” (1 Corintios 7:3). Cada día el cónyuge cristiano debería dar muestras claras de que su vida está cambiando gracias al poder de Dios. No olvides que eres un testimonio vivo para tu cónyuge que no es creyente.

2. Ora en tu lugar secreto por la vida y la conversión de tu cónyuge
Deja que el Espíritu Santo te lleve por sus corrientes poderosas y te haga ver por fe a tu cónyuge entregado a los pies de Cristo. Dale gracias a Dios por su plan de salvación para él/ella. Bendice con tus palabras a tu esposo/a y declara en fe que él/ella le entregará su vida al Señor. “La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16).

3. Vive con una actitud de fe y cree que en el tiempo de Dios tu cónyuge vendrá a los pies de Cristo
No te desalientes ante la evidencia o cuando pareciera que nada sucede. Recuerda que al orar sin cesar has puesto en marcha el mover de Dios y su mano poderosa sobre la vida de tu cónyuge. Solo el Señor puede hacer la obra, pero ten presente que este proceso puede llevar un tiempo de espera. Edifica tu fe en las promesas de Dios, que te dicen: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31).

4. No discutas religión ni fuerces a tu cónyuge a ir a la iglesia
La vida cristiana es para manifestar la paz de Cristo, no para discutir. A menos que sea Dios el que te ordene hablar y tus palabras estén impregnadas del poder del Espíritu Santo, no servirán de nada, porque el Espíritu Santo es el que convence de pecado (leer Juan 16:7-9). Tampoco fuerces a tu cónyuge para que vaya contigo a la iglesia ni lo critiques porque no quiere saber nada de las cosas de Dios, porque el Señor es quien convence de pecado al no creyente. Nosotros hemos sido llamados a dar las buenas nuevas, no a tratar de convencer a las personas. Deja a Dios obrar a su manera y en su tiempo… ¡y sin tu ayuda!

5. Disfruta (si es posible) de una buena relación con tu cónyuge en la vida cotidiana 
Si te casaste con tu cónyuge es porque seguramente te enamoraste y encontraste virtudes en él/ella que te cautivaron. Enfócate en sus cualidades positivas y haz que la presencia de Dios que mora en ti se manifieste en la atmósfera de tu hogar. “Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol…” (Eclesiastés 9:9). Esta es una bendición que Dios te ha dado, y sin duda es un privilegio gozar con la mujer o el hombre que amas. No lo desaproveches.

Finalmente, la última pregunta que muchos se hacen es: ¿Qué hago si mi cónyuge no cristiano quiere separarse?

La Biblia tampoco se queda callada al respecto y nos dice: “Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios” (1 Corintios 7:15). La separación aquí no depende del cónyuge cristiano, sino de la voluntad del cónyuge no creyente.

Sin embargo, lejos esté de nuestros pensamientos el divorcio. Antes bien, llenémonos de amor y fe, animados en el Señor “Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?” (1 Corintios 7:16).

Dios te bendiga.

Ritchie y Rosa Pugliese


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