La familia de hoy enfrenta el difícil desafío de mantenerse de pie frente a la transformación cultural de este siglo y los cambio de roles que estamos observando en nuestra sociedad.

La mujer ya no es la esposa, madre y ama de casa, que se dedica con abnegación a su familia por quien “se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; y su marido también la alaba” (Pr. 31:28). Algunas mujeres han tenido que salir a trabajar para hacer frente al alto costo de vida actual y las necesidades económicas de la familia y otras han levantado la bandera del “empoderamiento” femenino y han asumido un rol que dista mucho de ser el rol de “ayuda idónea” que Dios diseñó para la mujer (Gn. 2:18).
Con la mujer fuera del hogar, la familia pierde identidad y se confunden los roles. El hombre ha dejado de ser la “cabeza” y el único sostén económico del hogar en cumplimiento al mandato de Dios de ganarse el pan con el sudor de su rostro (Gn. 3:19). En algunos casos, hasta se han invertido los roles: el hombre se queda en el hogar para cuidar a sus hijos y la mujer sale a trabajar para desarrollar una profesión que promete mejores beneficios económicos.

Los padres están enfrentando el gran reto de mantener su autoridad en el hogar frente a una sociedad y una cultura donde cada vez se da más espacio a los niños y adolescentes. La palabra del padre o la madre han perdido autoridad. Ahora se consulta a los hijos en todo, como si el hogar fuera una especie de “democracia”. La excusa que los padres dan es que no quieren que sus hijos sufran lo que ellos pasaron en su infancia. Sin embargo, en generaciones anteriores se enseñaba a los hijos el valor del trabajo, el estudio y la responsabilidad. Y de esa forma, se los preparaba para la vida. Hoy día, los hijos “no mueven un dedo en el hogar”, han aprendido a decir “dame”, “cómprame”, “quiero” y a obtener todo sin el menor esfuerzo. Sin embargo, este no es el mejor camino para estos niños y adolescentes, que deberán enfrentar una vida llena de problemas, frustraciones y desafíos.

Esta avalancha de nuevas costumbres transgresoras no respeta estrato social ni religioso. Todos somos vulnerables a desmoronarnos bajo las nuevas presiones de la sociedad y el mundo actual. Y si no volvemos a los principios de la Palabra de Dios, que establecen el fundamento de la familia, seremos testigos de la desintegración de la familia conforme al diseño divino.

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mateo 7:24-27),

En este pasaje bíblico, las lluvias, los ríos y los fuertes vientos representan los problemas, los conflictos y, como hemos mencionado, las nuevas costumbres del mundo moderno, que arrecian como una tormenta contra la casa. Estas “tormentas de la vida” golpean con violencia la familia y pueden derrumbar la estabilidad de nuestro hogar. Y “la roca” representa la Palabra de Dios, la vida de Cristo y la guía del Espíritu Santo.

Según el pasaje bíblico, la clave para resistir “las tormentas de la vida” está en el fundamento, que es la Palabra de Dios y sus principios, manifestar la vida de Cristo en las situaciones cotidianas y oír la voz del Espíritu Santo en todas nuestras costumbres y normas de vida.

La disyuntiva de hoy es oír la voz de este mundo que nos propone tener una familia conforme a la corriente de la sociedad moderna y liberal  o escuchar la voz del Espíritu Santo que nos ayude a fundar nuestra familia sobre “la roca” firme que es Cristo.

¿Qué voz oirás tú?

Ritchie y Rosa Pugliese

CategoryArtículos, Familia
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