La sexualidad es un tema que despierta la curiosidad de hombres y mujeres sin distinción de edad. Desdichadamente, la mayoría de las personas ha recurrido a “la escuela de la calle” para aprender a practicar su sexualidad, por lo que hoy tienen una visión distorsionada de ella.

Para comenzar a analizar este tema, debemos señalar que la sexualidad, como cualquier otro tema de la vida, puede verse desde dos perspectivas: Por un lado, la perspectiva humana y natural, y por otro la perspectiva divina, espiritual, de Dios, el Creador.

En lo que a perspectiva humana se refiere, el diccionario de la RAE define la sexualidad como: “1. f. Conjunto de condiciones anatómicas y fisiológicas que caracterizan a cada sexo. 2. f. Apetito sexual, propensión al placer carnal”. Desdichadamente, alrededor de ella se han establecido conceptos que distorsionaron su diseño original.  Basta con mirar a nuestro alrededor para ver cómo se ha distorsionado y desviado la sexualidad, lo que ha producido un gran número de individuos infelices en esta área importante de la vida.

Muchos consideran que Dios no tiene ni “arte ni parte” en nuestra sexualidad. ¿Cómo un Dios santo puede ocuparse de nuestra sexualidad? ¿Qué puede saber Él de sexo? Sin embargo, las Sagradas Escrituras revelan que el sexo es una creación de Dios. En Génesis 1 y 2, la sexualidad ocupa un lugar destacado como parte de la intención original de Dios para la humanidad. Dios creó a los seres humanos con diferencia de género —“varón y mujer”—lo que nos indica que estas diferencias son un componente esencial para el cumplimiento de los propósitos de Dios para la humanidad: “Dios los bendijo y les dijo: ‘Sean fecundos y multiplíquense’” (Génesis 1:28). La obediencia a este mandato sería imposible sin estas diferencias de género.

De modo que el género y el sexo son dones divinos, como parte de la corona de la creación, que Dios declaró “que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31). Es muy triste ver que la sexualidad que no tiene en cuenta a Dios, y que opera en nuestra sociedad, se ha desfigurado, degradado y transformado en un reclamo egoísta… ¡y, en algunos casos, hasta bestial! Lo que vemos a nuestro alrededor y lo que la sociedad sin Cristo promueve es la perversión sexual en sus diferentes formas, que solo puede brindar un placer pasajero, porque no responde al diseño original de Dios.

Sin embargo, Dios no quiso que fuera así.  La sexualidad que Dios diseñó es una bendición divina.  Dios creó a los seres humanos no sólo para que tuvieran intimidad espiritual con Él, sino también para que disfrutaran de la intimidad sexual dentro del matrimonio, tal como leemos en Génesis: “Por tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (2:24). Esta misma verdad la encontramos también en el Nuevo Testamento (Mateo 19:4-6; Efesios 5:31).

De acuerdo al relato de la creación, podemos resumir la posición bíblica:  La sexualidad es un don divino, mediante el cual los seres humanos —varón y mujer— pueden experimentar en el marco del matrimonio una unión profunda e integral —física, intelectual, emocional y espiritual—, que es agradable y placentera, y, asimismo, cumplir el mandato divino: “Sean fecundos y multiplíquense” (Génesis 1:28).

Hoy día se habla mucho de “orientación sexual” en referencia a las prácticas heterosexuales u homosexuales. Sin embargo, los hijos de Dios solo podemos tener una “orientación sexual”: aquella que responde al diseño original de Dios, el Creador del sexo.

La orientación sexual y la sexualidad conforme al diseño original de Dios tiene beneficios:

1. Fidelidad

Hoy día la palabra “fidelidad” parece una utopía. Sin embargo, la intención de Dios para el sexo es que adorne la institución del matrimonio como resultado de un pacto sagrado entre un hombre y una mujer. El sexo es un don divino, dado para sellar el pacto matrimonial, con el propósito de dar placer como leemos en Proverbios: “Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre” (5:18-19), y permitir la procreación (Génesis 1:28). Por ello, cuando el Señor reina en la vida de los cónyuges, tendremos la seguridad de la fidelidad sexual mutua.

2. Protección

En una sociedad donde no todos practican el “sexo seguro”, una correcta orientación sexual garantiza protección de dos maneras:

1) Contra las enfermedades sexuales como el HIV tan común entre aquellos que practican el “sexo libre”. Además, existe un sinnúmero de otras enfermedades de transmisión sexual, como clamidia, herpes genital, gonorrea, sífilis, ladilla, tricomoniasis, que se transmiten de una persona a otra durante el sexo vaginal, oral u anal. Muchos creen erróneamente que están protegidos por utilizar un preservativo o condón, pero la verdadera protección es la que Dios da a aquellos que le han consagrado su sexualidad y la practican conforme al diseño divino.

2) El otro aspecto de la protección es saber que nuestra sexualidad le pertenece solo a nuestro cónyuge, y a nadie más. Dios quiere que el matrimonio heterosexual sirva como símbolo de la relación entre Jesús y su Esposa, la Iglesia, tal como leemos en Efesios: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia” (5:31-32). ¡El sexo seguro dentro del matrimonio es garantía de protección!

3. Unidad

La sexualidad que Dios diseñó produce una unidad matrimonial difícil de romper. La unidad sexual es una de las claves de un matrimonio feliz y duradero. Al brindarse mutuamente fidelidad y protección, no hay temores que atormenten a los cónyuges y pueden practicar la vida sexual con libertad, gozo y paz. En Génesis leemos que “conoció de nuevo Adán a su mujer, la cual dio a luz un hijo” (4:25). La versión DHH traduce: “Adán volvió a unirse con su esposa, y ella tuvo un hijo”. Queda claro que la relación sexual fusiona a los cónyuges y los une en un vínculo de amor sólido, perdurable e irrompible. El matrimonio que practica su sexualidad conforme al diseño de Dios es indestructible.

4. Plenitud

En la relación sexual no solo “conocemos” el cuerpo y los genitales de nuestra pareja; sino también su corazón, su mente y todo su ser. Este “conocimiento” solo se logra a través de una relación sexual plena, donde la pareja disfruta de su sexualidad uno con el otro y llegar a conocer también lo más profundo del corazón del otro. A través de la relación sexual se puede disfrutar de una plena comunión donde se complementan uno con el otro… y llegan a ser “una sola carne”.

Si quieres comenzar a disfrutar los beneficios de una orientación sexual conforme al diseño original, sigue los siguientes pasos:

  1. Entrega tu sexualidad a Dios en oración como un acto de consagración, por ejemplo: “Señor, en este día quiero alinear mi sexualidad bajo tus principios. Quiero consagrarla a ti para que, a partir de hoy, reines en mi sexualidad. Amén”.
  2. Evalúa tu sexualidad. Haz memoria de tus experiencias sexuales y reconoce que todas las relaciones sexuales fuera del matrimonio —ya sean prematrimoniales o extramatrimoniales, heterosexuales u homosexuales— son pecado. Asimismo, la identidad de género se determina biológicamente y no depende de la autopercepción. Cualquiera sea tu pecado, confiésalo para que la sangre de Cristo, limpie y purifique tu sexualidad.
  3. Santifica tu sexualidad y dale lugar a la presencia del Espíritu Santo en tu sexualidad. Dios nos llama a vivir en pureza moral y a practicar una “sexualidad santa”. De modo que la presencia del Espíritu en ti hará que puedas vivir en pureza sexual con Dios y en plenitud sexual con tu cónyuge.
  4. Disfruta de tu sexualidad dentro de tu matrimonio y permite que ese tiempo de goce y placer sirva para fortalecer el sentido de pertenencia del uno con el otro y la unidad en la vida matrimonial.

Dios es claro en cuanto a la pureza y el pecado sexual: “Honroso es para todos el matrimonio, y pura la relación conyugal; porque Dios juzgará a los fornicarios y a los adúlteros” (Hebreos 13:4). Sin embargo, el pecado sexual —en cualquiera de sus formas— no puede borrar la imagen de Dios.  Todos los seres humanos —cualquiera que sea la naturaleza de su pecado— siguen siendo receptores de la misericordia de Dios (Romanos 5:8), y como tales, merecedores de nuestro respeto, “Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios” (Romanos 3:23, ntv).

Dios te bendiga.

Ritchie y Rosa Pugliese

 

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