Lamentablemente, debemos hablar del maltrato y la violencia que afectan a un gran número de matrimonios y familias de nuestra sociedad… e incluso de nuestra iglesia.

Hoy día nos horrorizamos al escuchar las noticias de mujeres dominadas, golpeadas, ultrajadas y violadas, y, en algunos casos, los mismos hombres son víctima de estos hechos aberrantes. Por lo tanto, deseamos abordar este tema porque creemos que lo que puede comenzar como una simple discusión, puede llegar a terminar en una tragedia si no tomamos consciencia de este flagelo que está destruyendo matrimonios y familias enteras.

Cuando hablamos de violencia, lo asociamos inmediatamente a golpes, bofetadas, empujones, tirones de cabello, heridas de armas blancas y armas de fuego, quemaduras, relaciones sexuales forzadas y la lista puede seguir hasta terminar en la misma muerte. Este tipo de maltrato afecta el físico de la víctima. Es decir que estamos ante una violencia física.

Tal vez pienses: “¡No, nosotros no llegamos a eso en nuestro matrimonio!”. Sin embargo, también existe la violencia verbal y emocional manifestada a través de gritos, insultos, palabras denigrantes, menosprecio, falta de respeto, cónyuges que le niegan la palabra a su pareja o que simplemente no le hablan, cónyuges que niegan recursos económicos a su pareja o que le prohíben tener contacto con otras personas, incluso con familiares y otros actos de la misma índole. Si bien estos actos no constituyen un maltrato físico, no son menos graves o justificables ya que están destinados a ejercer control sobre la víctima a fin de dominarla.

“El SEÑOR prueba al justo, pero su alma aborrece al impío y al que ama la violencia” (Salmos 11:5).

¿Es posible evitar la violencia conyugal? La respuesta es sí; pero no solo podemos, sino que debemos evitarla si queremos agradar a Dios. Por eso es necesario prestar atención a cada señal de alerta que veamos en nuestro hogar para no permitir que aquello que comenzó como una pequeña discusión se convierta en un acto de violencia verbal, emocional o física.

Si bien, nadie se casa para caer en este tipo de actos perversos y ser infeliz, sería aconsejable que cada pareja estableciera un CÓDIGO DE NO VIOLENCIA MUTUA (si es posible aun antes de casarse, sino en cualquier momento de la relación) en el cual se predeterminen algunas pautas a cumplir en su relación con la ayuda del Señor.

CÓDIGO Nº 1: En nuestro hogar no hay lugar para ningún tipo de violencia, sea verbal o física.

CÓDIGO Nº 2: Mi cónyuge es una criatura de Dios, por lo tanto debo cuidarlo/a y respetarlo/a, y no cometer ningún acto, sea de hecho o de palabra, que lo lastime y lo haga sufrir.

CÓDIGO Nº 3: Mi cónyuge es un hijo/a de Dios, redimido/a por la sangre de Cristo. Es mi hermano/a en Cristo y parte de su cuerpo. Debo amarlo/a, respetarlo/a y tenerlo en gran estima.

CÓDIGO Nº 4: Mi cónyuge es una bendición de Dios y no debo alojar el más mínimo pensamiento o intención de violencia hacia él/ella. Mis manos son para bendecirlo/a, abrazarlo/a y acariciarlo/a, jamás para agredirlo/a. Mi boca es un instrumento para hablar bien de él/ella y comunicarme con él/ella; pero nunca para degradarlo/a, insultarlo/a, mentirle o incluso retirarle la palabra y dejar de hablarle.

CÓDIGO Nº 5: Nuestra relación debe caracterizarse por el amor, el respeto, la valoración y la estima. Por eso toda discusión y desacuerdos deben hacerse en un marco de diálogo pacífico y respetuoso, sin dar lugar a la ira, los gritos, las palabras degradantes o las amenazas.

CÓDIGO Nº 6: Predeterminar y acordar entre ambos cónyuges que ante la primera insinuación o intento de cualquiera de los dos de ejercer violencia verbal, emocional o física, lo informarán sin demora a las autoridades espirituales, familiares e incluso policiales.

Desde luego, para poder cumplir este “código de no violencia”, es indispensable que cada cónyuge rinda su vida a Dios y dé lugar al Espíritu Santo para que transforme su carácter y produzca en su vida el fruto del Espíritu que es “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio” (Gálatas 5:22-23), especialmente, si proviene de un trasfondo familiar de agresiones y maltrato o tiene cierta predisposición a la violencia.

Si todavía no lo has hecho, establece en tu hogar este CÓDIGO DE NO VIOLENCIA MUTUA de tal manera de rechazar todo espíritu inmundo de violencia que quiera destruir tu matrimonio y tu familia.

¡Dile NO a la violencia conyugal! Y pon en práctica los puntos de este código para que puedas decir como el salmista “Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; Salvador mío; de violencia me libraste” (2 Samuel 22:3).

Dios te bendiga,

Ritchie y Rosa Pugliese

 

 

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