“Porque tú has sido mi refugio y torre fuerte delante del enemigo. Yo habitaré en tu Tabernáculo para siempre; estaré seguro bajo la cubierta de tus alas…” (Salmos 61:3-4).

No hay mayor seguridad, que aquella que nos ofrece nuestro Dios. Cuando practicamos los principios de su Palabra, Él es nuestro refugio espiritual frente a los ataques del enemigo. No obstante, Dios también ha creado el matrimonio para que sea un refugio en medio de las adversidades de la vida diaria.

Lo primero que nos viene a la mente, cuando pensamos en un refugio es una guerra, aviones enemigos que bombardeaban ciudades, gente que corre desesperada a resguardarse al escuchar el sonido de la sirena que anuncia la proximidad de un ataque enemigo.

En el mundo en que vivimos existen peligros y enemigos de todo tipo, que nos “bombardean” con la firme intención de destruirnos. Pero gracias a Dios, en nuestro matrimonio —el “refugio” que Dios nos ha asignado— podemos vivir seguros en cuatro aspectos de la relación conyugal.

  1. Intimidad sexual

En el matrimonio (hombre-mujer), los cónyuges pueden disfrutar de la intimidad sexual, no solo para la reproducción; sino también para el deleite y el placer, en un marco de libertad y pureza. Nuestra sexualidad no corre ningún peligro cuando la practicamos en el matrimonio. Allí no hay lugar para la infidelidad, el engaño y la promiscuidad y sus consecuencias, como lo son las  enfermedades sexuales que se contraen en las relaciones extramatrimoniales.

“Huyan de la inmoralidad sexual. Cualquier otro pecado que el hombre cometa está fuera del cuerpo, pero el inmoral sexual peca contra su propio cuerpo.  ¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que mora en ustedes, el cual tienen de Dios, y que no son de ustedes?  Pues han sido comprados por precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo” (1 Corintios 6:18-20).

  1. Comunicación

El diálogo entre los cónyuges es de vital importancia para el enriquecimiento y sano desarrollo del matrimonio. En un contexto de seguridad y confianza podemos hablar y expresarnos con libertad, sinceridad y sin temores ni vergüenza. El diálogo en un marco de amor, respeto y armonía nos ofrece un lugar de refugio seguro, donde podemos conversar e incluso debatir sobre los distintos temas y problemas de la vida diaria.

Los casados que no saben comunicarse a través de un diálogo cordial y respetuoso no podrán fortalecer su vínculo conyugal, y eso puede dar lugar a discusiones y peleas que terminarán por resquebrajar la unidad en el hogar.

Si quieres fortalecer tu vida matrimonial, sigue el consejo de tu Padre celestial que te dice:

“Hijo mío, presta atención a mi sabiduría, escucha cuidadosamente mi sabio consejo.  Entonces demostrarás discernimiento, y tus labios expresarán lo que has aprendido” (Proverbios 5:1-3, NTV).

  1. Comprensión

Sin lugar a dudas, la falta de comprensión es la causa de gran parte de las peleas y discusiones tanto en el matrimonio como fuera de él. Parece ser que la comprensión es una virtud cada vez más escasa en el ser humano.

Sin embargo, en el hogar cristiano deberíamos experimentar esta virtud en su máxima expresión. En un mundo donde estamos expuestos constantemente a la intolerancia y los malentendidos, ¿qué mejor que llegar a nuestro hogar y sentirnos comprendidos por un cónyuge que nos ama tanto, que percibe nuestro estado de ánimo y excusa cualquier arrebato de mal humor que podamos expresar?

Cabe aclarar que la comprensión no viene por “imposición de manos”. Tú no recibes la capacidad de comprender al otro por la oración de tu pastor o tu líder; sino que te corresponde a ti desarrollar una actitud comprensiva y tolerante hacia los demás, en especial hacia tu cónyuge.

Algunos dicen: “Es que mi esposo/a no me comprende”. Sin embargo, no podemos esperar que los demás nos comprendan, si nosotros no lo hacemos. Tú debes dar el paso inicial de mostrar comprensión, y verás que cuando lo hagas, tu cónyuge también empezará a comprenderte.

“Sean siempre humildes y amables. Sean pacientes unos con otros y tolérense las faltas por amor” (Efesios 4:2, NTV).

Practica este consejo del apóstol Pablo, y verás un cambio positivo en tu relación matrimonial.

  1. Aceptación incondicional

Para que el matrimonio sea un refugio seguro, no puede faltar aceptación mutua. Una relación se torna vacía y sin incentivo cuando cada cónyuge se concentra exclusivamente en las debilidades y fallas del otro. Cuando a cada momento le señalamos sus defectos nos olvidamos que Jesús murió en la cruz por sus pecados [podríamos decir también, por sus errores o defectos] al igual que por los míos. Así que en realidad, estamos en igualdad de condiciones. Ambos somos pecadores redimidos por la sangre de Cristo, y como tales, somos seres humanos imperfectos y falibles. Todos nos excusamos de que “nadie es perfecto”; pero en uno u otro momento, todos exigimos al otro que haga las cosas “a nuestra manera”.

Ser un buen cónyuge implica aceptar al otro tal como es.  Por más difícil que parezca, nosotros también deseamos que nos acepten, ¿no es cierto? Si en nuestro matrimonio llevamos más de treinta años de casados es por la aceptación que practicamos el uno del otro. Y preferimos usar la palabra “practicamos”, porque la aceptación no es algo que nos fluye naturalmente. Debemos esforzarnos por aceptar al otro.

Ahora bien, la pregunta que muchos nos hacen es: ¿Y si mi cónyuge tiene una conducta inaceptable? Pues bien, no estamos diciendo que debemos aceptar un comportamiento inaceptable.  Aceptar abusos, maltrato o adicciones no es correcto; pero en la mayoría de los casos no se trata de estos desmanes, sino de aspectos de la personalidad del otro. Todos somos fruto de una experiencia de vida personal y particular, que nos ha ido formando en lo que somos… con nuestras virtudes y defectos. Por lo tanto, es más provechoso que apreciemos las características positivas que posee nuestro cónyuge, que sin duda las tiene.  Y, con respecto a sus defectos y errores, seamos pacientes. No olvidemos que el Señor nos exhorta a “ser pacientes, tolerantes unos con otros en amor” (Efesios 4:2, NVI).

El mayor bien que podemos hacer a nuestro matrimonio y a nuestro cónyuge es la aceptación.  Aceptémoslo/a tal como es, no como queremos que sea, y así estaremos edificando una relación sólida y, más que una relación, una amistad.

Si tu matrimonio todavía no es un lugar de refugio seguro, no te desalientes. Comienza hoy mismo a hacer los cambios necesarios para transformar tu matrimonio en tu lugar de refugio seguro. Y, por sobre todas las cosas, no pierdas la fe.

“Que el Dios que infunde aliento y perseverancia les conceda vivir juntos en armonía, conforme al ejemplo de Cristo Jesús” (Romanos 15:5).

Dios te bendiga.

Ritchie y Rosa Pugliese

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