La palabra “amor” es, tal vez, una de las más utilizadas en la familia, la sociedad y la literatura e incluso explotada en el mundo del espectáculo y el cine. Sin embargo, es una de las que más se malinterpretan, especialmente, en la relación entre un hombre y una mujer.

Cuando comenzamos una relación de noviazgo afirmamos “estar enamorados”. Cuando nos referimos a las relaciones sexuales, decimos comúnmente “hacer el amor”. Cuando expresamos nuestros sentimientos por otra persona decimos “amarla”.

Nuestra sociedad ha delimitado el amor a la esfera sexual, pasional y sentimental. Este es el amor natural, que responde a los sentidos. El problema con este amor es que no tiene raíces profundas y, como tal, no puede sostener una relación en el tiempo. Por eso vemos hoy que quienes, en un principio, decían amarse apasionadamente, hoy se separan y hasta llegan a odiarse. ¡Y ni mencionar, la violencia de género…  tema para otro artículo!

Edificar una relación matrimonial sobre la base exclusiva del amor natural puede funcionar bien por algún tiempo… mientras éste responda a los sentidos. Sin embargo, cuando el paso del tiempo y los problemas de la vida apaguen el sentimiento —y a todas las parejas les sucederá en alguna etapa de la vida—, también se apagará el amor que una vez se expresaban ardientemente.

Por eso es indispensable edificar el matrimonio sobre el fundamento del amor sobrenatural de Dios. La Biblia dice en Romanos 5:5: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” cuando le entregamos nuestra vida a Cristo y lo aceptamos como nuestro Señor y Salvador.

Solo el amor de Dios sostiene el amor natural o sentimental y ayuda a los cónyuges a permanecer juntos a pesar de sus diferencias. Solo este amor sobrenatural nos ayuda a respetar al otro, a buscar el bien del otro, a actuar con paciencia y misericordia ante los errores, fallas y debilidades del otro, a ser compasivos, a ser de un mismo sentir, en fin, a cumplir los deberes conyugales con mansedumbre (1 Pedro 3:1–7, 1 Corintios 7:3–5).

De modo que la felicidad matrimonial no está determinada por el amor, compuesto solo de emociones, atracción y deseo, que propone la sociedad en la que vivimos y que solo busca la satisfacción personal. Sino por el “amor sobrenatural de Dios”, que enriquece cada faceta de nuestra vida, incluso la sexual, pasional y sentimental, y fortalece el vínculo de unión entre los cónyuges.

En conclusión, tener un matrimonio sano, feliz y duradero dependerá de la disposición de cada cónyuge a vivir los principios establecidos en la Palabra de Dios y a respetar el pacto de unión y fidelidad “hasta que la muerte nos separe” hecho en el altar. Los principios bíblicos no establecen el amor como una pesada carga u obligación, sino como un beneficio para nuestra vida como lo comprueba la enseñanza de Eclesiastés 4:9–12 es verdad y una realidad en nuestra vida: “Mejor dos que uno solo, pues tienen mejor recompensa por su trabajo.  Porque si caen, el uno levantará a su compañero. Pero, ¡ay del que cae cuando no hay otro que lo levante!  También si dos duermen juntos se abrigarán mutuamente. Pero, ¿cómo se abrigará uno solo?  Y si uno es atacado por alguien, si son dos, prevalecerán contra él. Y un cordel triple no se rompe tan pronto”.

Estimados amigos, nuestro amor natural es un hilo delgado que puede romperse fácilmente ante la más mínima presión que ejerzan las dificultades y el estrés de la vida. Sin embargo, cuando el hilo de cada cónyuge está entrelazado con el hilo resistente de Dios se forma un cordón imposible de romper que fortalece el amor conyugal.

Para terminar, les animamos a orar así:

Padre celestial, te ruego que en este día me ayudes a no ser un impedimento y a darte el espacio para que el amor sobrenatural de tu Espíritu Santo invada mi vida y mi relación matrimonial. En el nombre de Jesús, amén.

Dios los bendiga.

Ritchie y Rosa Pugliese

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