Parte 1

Por lo general, asociamos “servir a Dios” con participar, exclusivamente, en alguna actividad de la iglesia local, donde podamos expresar nuestros dones y talentos. Sin embargo, “servir a Dios” va mucho más allá. Como ciudadanos del Reino de Dios hemos sido llamados a hacer “todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

Por eso queremos tratar algunos puntos importantes para entender la magnitud de lo que significa “servir a Dios” en nuestro matrimonio, porque todo matrimonio redimido por la sangre de Cristo ha sido llamado a servir a Dios.

Dado que vivimos en tiempos de mucha confusión sobre el tema, es fundamental definir primero que es un matrimonio según Dios lo creó. “El matrimonio de acuerdo con el plan creacional de Dios es la unión formada por un hombre (género masculino) y una mujer (género femenino) en el cual ambos se aman y respetan mutuamente durante toda la vida. Tal unión está basada en la fidelidad continua entre ambos y constituye la base para el desarrollo de la vida familiar y posterior llegada de los hijos”.

Sobre la base del patrón bíblico creacional, podemos determinar cómo es el matrimonio que sirve a Dios y cuál es su propósito en la vida.

Estos son algunos puntos importantes que nos muestran de qué manera podemos servir a Dios:

  1. Dios estableció la relación de pacto entre un solo hombre y una sola mujer, que llamamos “matrimonio”, para reflejar a la sociedad el plan creacional del Señor, que es la monogamia.

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:26-27, énfasis añadido).

Observa que Dios no dio a Adán muchas mujeres para que tuviera un harén o practicara la poligamia. Tampoco hizo eso con la mujer. Cuando los creó, estableció el principio de la monogamia. Al leer la historia bíblica, vemos que, como resultado de la caída, ese principio que Dios estableció, se violó y luego dio lugar a la poligamia. Siglos después, a partir de la obra de Cristo en la cruz del calvario, se reestableció en la Iglesia el principio monógamo.

De modo que el matrimonio constituido entre un hombre y una mujer se encuentra dentro del plan original de Dios y tiene un propósito divino: Dar testimonio a la sociedad de que la monogamia es la manera cómo Dios aprueba la relación conyugal.

El matrimonio sirve a Dios y a sus propósitos cuando se practica la monogamia. Servimos a Dios cuando respetamos el patrón original del Señor.

  1. Dios estableció que el matrimonio tuviera hijos a quienes criaran en los principios de la Palabra de Dios.

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.  Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra” (Génesis 1:27-28, énfasis añadido).

“Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón. Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra” (Génesis 4:1-2, énfasis añadido).

No hay más importante y titánica manera de servir a Dios que “criar a los hijos” conforme a los principios bíblicos. Hacer de ellos personas que sean un aporte positivo para la sociedad y extender así el Reino de Dios en la tierra es una tarea agotadora y heroica a la vez. Es sembrar semillas con la confianza de que darán fruto en el futuro.

Sin dudas, esta es otra manera de servir a Dios como matrimonio. ¡La crianza de los hijos es un ministerio difícil y costoso; pero galardonador… si no desmayamos!

  1. Dios estableció que el matrimonio habite en un hogar donde la atmósfera espiritual sea la presencia de Dios y se desarrolle una sana convivencia

“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto” (Génesis 3:8).

Hoy día hay parejas que viven su romance, pero no conviven. Cada uno vive en su propia casa para evitar problemas de convivencia. Sin embargo, esa forma de vivir el matrimonio no se ajusta al patrón bíblico. En un hogar donde reina la presencia de Cristo, habrá paz, aun en medio de la tormenta; habrá convivencia y armonía entre los cónyuges a pesar de las diferencias; habrá acuerdo y reconciliación luego de las discusiones. La presencia de Dios siempre enriquece la calidad de vida de la convivencia en el hogar.

Otra manera de servir a Dios es desarrollar una atmósfera espiritual hogareña que redunde en una sana convivencia y sea de testimonio a un mundo que no sabe convivir sanamente en el hogar.

  1. Dios estableció el matrimonio para que ambos cónyuges sean un canal de bendición a otros.

“Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:19, énfasis añadido).

Cuando un matrimonio decide fomentar la vida espiritual, ambos cónyuges, unidos entre ellos y sujetos al Señor, poseen una gran fuerza para resistir al enemigo y soltar el favor de Dios sobre esta tierra. La oración de acuerdo conyugal por las necesidades de su familia y/o en favor de los demás es otra manera poderosa de servir a Dios.

Una importante observación. Hemos estado hablando de “servir a Dios” y todavía no hemos mencionado ninguna participación en la congregación local, lo cual por cierto es muy importante (1 Corintios 12:7-10).

Podemos deducir fácilmente que, para ser un matrimonio con propósito que sirve a Dios, no hace falta tener un gran carisma, dones, habilidad para predicar desde una plataforma o una posición ministerial en la iglesia. Podemos comenzar por servir a Dios en nuestro propio hogar, sin que eso signifique no participar en la congregación local con nuestros dones ni ser un matrimonio de influencia espiritual.

Estamos sirviendo a Dios cuando somos canales de bendición, primero, a nuestro cónyuge y luego a otros, como bien declara el libro a los Romanos: “Sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación” (14:19).

 

El matrimonio que sirve a Dios: Bendiciones y desafíos (Parte 2)

En la primera parte, mencionamos que todo matrimonio puede servir a Dios en su hogar, cuando cree y practica los patrones creacionales de Dios. Sin embargo, eso es solo el comienzo.

El servicio a Dios es progresivo. Podríamos decir que existen diferentes niveles de servicio. Cada nivel es importante. Ninguno es más que el otro. Sin embargo, en cada nivel es indispensable tener la responsabilidad de ser fieles a Dios.

  1. Servicio a Dios: Nivel Inicial

“Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15, énfasis añadido).

Como ya hemos visto en la primera parte, el primer lugar de servicio a Dios es nuestro hogar, cuando está formado por un hombre (género masculino) y una mujer (género femenino), que convive en armonía, cría a sus hijos en los caminos de Dios y es un canal de bendición mutuo y a los demás.

  1. Servicio a Dios: Nivel Intermedio: Participar en algún área de la iglesia local

 “Yo y mi casa serviremos [donde exista la posibilidad] a Jehová” (Josué 24:15, énfasis añadido).

En este nivel de servicio, el matrimonio tiene anhelos de hacer algo más para el Señor, más allá del ámbito en el hogar. Ese anhelo los lleva a participar voluntariamente en las diversas actividades que la iglesia local desarrolla. Son los que preguntan desinteresadamente: ¿Podemos ayudar en algo?

Posteriormente, se comienzan a identificar cada vez más con algún área específica de la congregación, como ser: el ministerio de niños, adolescentes, jóvenes; el ministerio de matrimonios, de solteros, de viudos; la escuela dominical, etc. Son fieles colaboradores y una verdadero aporte para los líderes de dichas áreas.

Esta clase de servicio es parcial. Generalmente, son personas que tienen otras ocupaciones seculares. A pesar de eso, son fieles y siempre están presentes a la hora de hacer algo. Son personas comprometidas con la obra; son personas con quienes se puede contar y a quienes se les puede delegar responsabilidades. En este nivel, es donde mayormente se sirve en nuestras congregaciones. Son personas que hacen un gran sacrificio para participar en las actividades de la iglesia y servir al Señor. Están felices de sentir que son vasijas utilizadas por Dios y no tienen ningún otro interés de ocupar alguna posición ministerial de liderazgo. No tienen la capacidad de liderar, sino de seguir a otros.

  1. Servicio a Dios: Nivel Superior: Equipados para lo espiritual

 “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10, énfasis añadido).

En este nivel, los cónyuges desean integrarse más a la vida de la iglesia y aportar sus dones espirituales. Aquí nace lo que se conoce como el “llamado a servir”, donde el compromiso y la búsqueda de Dios se acrecienta. En ese proceso, Dios les muestras sus dones y/o llamado a servir, y se les abre la puerta para ocupar alguna posición de liderazgo en la congregación. El matrimonio sabe que Dios los ha llamado a ministrar a otros, y los demás lo reconocen. Se puede ver la gracia de Dios sobre ellos.

  1. Servicio a Dios: Nivel Ministerial: Apartados para ministrar

 “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén” (1 Pedro 4:11, énfasis añadido).

En este nivel, se trata de un llamado más que de un don. La persona tiene un llamado a liderar o estar al frente con la responsabilidad de ministrar a otros.

Este nivel es completamente distinto a los demás, ya que implica estar al frente de un ministerio de acuerdo con los ministerios de Efesios 4:11 (pastor, profeta, evangelista, apóstol, maestro). Este llamado ministerial es una verdadera bendición y un privilegio; pero, paralelamente, expone al matrimonio a mayores ataques del diablo; los expone a enfrentar obstáculos o niveles de oposición que no sucede a los creyentes en general.

Estos matrimonios deben estar preparados para la guerra espiritual que se desata sobre ellos por estar al frente. Tener una responsabilidad ministerial implica muchas veces estar solo, ser incomprendido. Es allí donde se descubre lo que realmente significa tener comunión con el Espíritu Santo, Aquel que nos ayuda en nuestra debilidad. Es allí donde se aprende a tener una mayor y absoluta dependencia de Dios. El Señor los entrena a aceptar tanto el halago como la crítica de los demás sin perder jamás la visión espiritual.

 

 El matrimonio que sirve a Dios: Los peligros (Parte 3)

Esta sección aborda un tema del cual no se habla mucho ni se enseña demasiado en los Seminarios e Institutos Bíblicos: Los peligros que enfrentan los matrimonios llamados a servir a Dios en algunos de los ministerios de Efesios 4:11.

Ya hemos dicho que servir a Dios es una bendición y un privilegio; pero, paralelamente, se levantan muchos enemigos. Existen diversos ataques que vienen sobre aquellos matrimonios comprometidos en el servicio a Dios por causa del ministerio. No se trata de algo excepcional, sino común a todos los que sirven al Señor, como bien lo expresa el apóstol Pablo en 1 Corintios 16:9: “Se me ha abierto puerta grande y eficaz [para servir, ministrar], y muchos son los adversarios” (énfasis añadido).

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).

Esta lucha invisible, pero real, nos lleva a enfrentar diversos peligros. Segunda de Corintios 11:23 señala: “¿Son ministros de Cristo? (Como si estuviera loco hablo.) Yo más; en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligros de muerte muchas veces”.

 “…en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez” (2 Corintios 11:26-27).

Algunos de los peligros específicos son:

  1. Ataques sobre la salud física: Enfermedad, agotamiento, estrés

Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, un recipiente limitado que contiene la gloriosa presencia de Dios. Con nuestro cuerpo podemos hacer la obra del Espíritu Santo en la tierra. Si nuestro cuerpo no funciona bien y la salud se deteriora, estamos limitados e impedidos de servir a Dios. El sano cuidado de nuestro cuerpo, nuestra salud y nuestro estado físico nos puede guardar de enfermedades y afecciones que son producto de la negligencia en el cuidado del cuerpo. El exceso de actividad ministerial puede conducir al agotamiento y la extrema preocupación por el avance de la obra puede traer estrés.

  1. Ataques sobre las finanzas personales: Escasez, pobreza, endeudamiento

Si bien la mayoría critica a los siervos de Dios por pedir dinero, son muchos los que a pesar de ser fieles en su llamado experimentan limitaciones financieras y viven por debajo de lo que Dios desea. Las congregaciones pequeñas suelen empobrecer al siervo de Dios. Por eso es sabio que el líder espiritual desarrolle una carrera profesional o tenga un trabajo en el ámbito secular que le permita sostener a su familia sin tener que enfrentar problemas financieros. La falta de recursos, la escasez y pobreza es un feroz ataque que limita a los matrimonios en el servicio a Dios y, si se descuidan, incluso puede resquebrajar la relación entre los cónyuges.

  1. Ataques sobre la pureza y fidelidad sexual: Infidelidad, inmoralidad

Sin duda, uno de los ataques que más ha dado resultado al enemigo ha sido la infidelidad o la inmoralidad sexual de uno o ambos cónyuges. Si el ministerio ha crecido y ha alcanzado renombre suele demandar muchas actividades fuera del hogar y atraer la mirada de “otros pretendientes” sobre ellos. Cuando esto sucede, se comienza a descuidar la relación y la vida íntima de la pareja, lo que abre la puerta a los espíritus de seducción.

Cabe mencionar también que los que sirven a Dios no están exentos de incurrir en la pornografía. Hoy es muy fácil caer en esa trampa a través de la Internet, por eso es importante estar alertas y tomar recaudos en favor de la pureza sexual física y mental.

  1. Ataques sobre la reputación personal: Integridad y honestidad personal

Los que sirven a Dios deben estar preparados para enfrentar la crítica destructiva, el engaño, la calumnia y la traición de los que lo rodean. Esta es la otra cara de la moneda ministerial. Es inevitable que la gente hable de los siervos de Dios, independientemente de lo que hagan o dejen de hacer. Cuando la gente comienza a hablar mal de un siervo de Dios, la mayoría cree lo que se comenta sin discernir la verdad de la mentira. La gente divulga lo que escucha sin ningún reparo ni temor de Dios. Resultado: La gente deja de creer en ese ministro con el consecuente debilitamiento, incluso final, de su ministerio

  1. Ataque sobre el ego: Orgullo, altivez, vanagloria

Cuando un ministerio comienza a crecer y adquiere reconocimiento público, las luces de la fama pueden hacer creer al matrimonio que sirve a Dios que son “especiales”; “superiores a los demás”; o “que tienen más éxito que otros ministros”. Cuando esto sucede, pueden caer en un pozo de soberbia y orgullo, que los conduce a una caída segura. El orgullo ministerial no es aceptable a los ojos de Dios, pero lamentablemente sucede.

  1. Ataque sobre la obra o ministerio: Frustración ministerial

No existe nada más frustrante que hacer todo lo posible, más allá de nuestras fuerzas, y no recibir los resultados esperados. El ministerio tiene sus misterios. Muchas veces vemos que las cosas no salen como esperábamos, a pesar de haber hecho todo lo correcto y seguir adelante confiando en que el Señor traerá los resultados en su tiempo. Todos anhelamos que nuestro ministerio crezca y avance rápidamente. Sin embargo, por mucho que lo intentemos, no siempre es así.  Existen iglesias que no crecen numéricamente; hay ministerios que no avanzan. No es que sea consecuencia del pecado; sino que, en su soberanía, Dios lo permite con un propósito superior que un día entenderemos.

  1. Ataque sobre la realización personal: La búsqueda desesperada del éxito ministerial

Lamentablemente, algunos sirven a Dios para cumplir su propio sueño, no la visión de Dios. La motivación oculta de algunos que sirven a Dios es la promoción personal, la búsqueda de la fama y el reconocimiento no “para la gloria de Dios”.

Existen hoy modelos desfigurados de un verdadero siervo de Dios. Hoy se piensa que un siervo exitoso es aquél que aparece en la televisión, tiene libros publicados, habla en conferencias o tiene una iglesia multitudinaria. Si no se logran estas cosas, el “sistema religioso” les hace creer que son personas fracasadas. Resultado: Muchos siervos de Dios viven frustrados.

  1. Ataques sobre las relaciones interpersonales: El espíritu de división

Cuando un matrimonio sirve a Dios en el ministerio, debe estar preparado no solo para recibir el aplauso de los demás; sino principalmente para enfrentar y superar la crítica injusta, los rumores y chismes, los desacuerdos, la traición, el menosprecio de aquellos que, aunque se consideran “hermanos en la fe” o “consiervos” actúan de esa manera. No es poco común experimentar el abandono, aun de aquellos que estuvieron con nosotros durante años, fueron bendecidos a través de nuestro ministerio y que, de repente o en un proceso, deciden abandonarnos y, normalmente, lo hacen sin hablar bien de nosotros.

Cada uno de estos ataques representa de cierta manera la “cara oculta” del ministerio, que todo matrimonio al que Dios ha llamado a servir debe superar para cumplir la misión que el Señor le ha encomendado. Sin embargo, ninguna de estas cosas debe desalentar ni desanimar al matrimonio que desea servir a Dios. El llamado a servir a Dios es una verdadera bendición y un privilegio. ¡Gózate de servir a Cristo aún en medio de las dificultades!

“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9).

 

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