Por Ritchie y Rosa Pugliese
Para tener un matrimonio feliz y duradero no solo es importante pedir la bendición de Dios en el altar, sino también trazar una estrategia que ayude a los cónyuges a seguir adelante en medio de las dificultades propias de la vida de casados. Toda pareja que anhela ser feliz en su matrimonio debe tener presente estos diez puntos, que hemos llamado: “Los diez mandamientos de la felicidad matrimonial”.

1. AMAR A DIOS
“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento” (Marcos 12:30).
A. La relación con Dios es individual y personal y debe ocupar el primer lugar en la vida de cada hombre y cada mujer, aun antes que su esposo o su esposa. Por eso, cada cónyuge debe crear el espacio diario para que esa relación se enriquezca y perdure.
Desarrollar comunión o intimidad personal con Dios es fundamental en la vida de cada creyente. La vida cristiana depende de la meditación, la lectura y, por sobre todo, la aplicación práctica de la Palabra de Dios. Se sostiene a través de la comunión con el Espíritu Santo y se enriquece con la alabanza y la oración.
B. No debemos empujar o forzar a nuestro cónyuge a amar a Dios, sino inspirarlo y motivarlo con nuestro ejemplo. Forzar la búsqueda espiritual da lugar a que el otro lo haga por obligación y no por convicción personal.
C. Debemos darle el control de nuestra vida matrimonial al Señor desde el principio de la relación. Él debe ser el socio mayoritario de nuestro emprendimiento matrimonial y los cónyuges, los socios minoritarios. Solo así, la sociedad conyugal podrá tener éxito.

2. LIMPIEZA SEXUAL
La sexualidad es un componente muy importante de la vida matrimonial y con una gran incidencia en la vida espiritual. Dios mismo estableció que el sello de comienzo de la vida matrimonial fuera la unión sexual entre un hombre y una mujer. Génesis 2:22-25 dice: “Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban”.
En la sexualidad que Dios aprueba no hay de qué avergonzarse. El principio creacional establece que ambos se guarden en pureza sexual hasta el día de la boda y que, después de recibir la bendición de Dios en el altar, juntos comiencen a transitar el camino de la sexualidad matrimonial. ¡Desde luego que esto difiere mucho de lo que vemos hoy!
Nuestra realidad es totalmente distinta incluso dentro de la Iglesia. Hoy día no son muchos los jóvenes cristianos que se conservan puros o vírgenes hasta el día de la boda. En mayor o menor grado, muchos llegan al matrimonio con una “historia sexual” a cuestas por haber vivido alejados de Dios.
Muchos consideran que esa experiencia previa les servirá para su vida matrimonial, pero no es así. El concepto de “la escuela de la calle” afirma que cuanta más experiencia sexual hayas tenido, mejor será tu vida sexual en el matrimonio; pero no encontramos eso en el plan creacional. La idea original de Dios fue que tanto el hombre como la mujer, se conservaran vírgenes hasta el matrimonio y que luego juntos desarrollaran su vida íntima sexual.
En nuestros años de consejería matrimonial, hemos descubierto que los novios que se guardaron en pureza sexual hasta la noche de bodas, pudieron disfrutar una vida sexual más plena y satisfactoria que aquellos que practicaron la vida sexual antes de casarse.
La buena noticia es que cualquiera haya sido nuestro pasado sexual, Dios siempre tiene un plan de redención a través de Jesucristo. Cuando una persona se arrepiente y viene a los pies de Cristo, nace de nuevo y todo cambia. Segunda de Corintios 5:17 dice “que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Nuestra salvación incluye la redención de nuestra sexualidad, para que la disfrutemos conforme al plan divino.
Como cristianos debemos entender que la dimensión de la vida sexual abarca no solo el aspecto físico, sino también el sentimental y espiritual. Cuando un hombre y una mujer tienen un encuentro sexual, se produce una unión o fusión de los dos. Y a partir de ese momento, los dos se vuelven uno. Es como si parte de la esencia del otro quedara grabada en cada uno.
¿Qué significa esto?
Pensemos, por un instante, en lo que sucede cuando una persona tiene una relación sexualmente ilícita con otra (fuera del contexto del matrimonio).
1. La persona queda unida y enlazada en sus sentimientos. Ese momento quedará grabado para siempre en su mente, en especial, si fue su primera vez. Puede ser que no lo recuerde constantemente, pero permanecerá alojado en sus sentimientos.
2. La persona puede quedar afectada físicamente (infecciones, enfermedades venéreas, HIV, embarazo no deseado, maltrato sexual de diferentes formas).
3. No podemos omitir algo importante que la mayoría no tiene en cuenta: el aspecto espiritual. Sí, el enemigo utiliza el sexo para causar daño. Debido a la unión o fusión de la que hablamos anteriormente, las relaciones sexuales son el ámbito adecuado para la transferencia de demonios. Esta es una de las artimañas predilectas del diablo para destruir al ser humano. “¿O no saben que el que se une con una prostituta es hecho con ella un solo cuerpo? Porque dice: Los dos serán una sola carne” (1 Corintios 6:16).
¿Somos conscientes de los peligros que corremos al dar rienda suelta a nuestra sexualidad fuera del marco que Dios estableció para la vida sexual?
La persona promiscua que vive libremente su sexualidad lleva una “mochila o carga pesada” sobre sus hombros. Cuando se casa, le transfiere el peso de esa carga a su cónyuge… ¡y si el cónyuge viene con su propia “mochila” a cuestas, el peso de esa carga será imposible de llevar y causará estragos en la relación!
Con esto intentamos mostrar la realidad que se vive en nuestra sociedad. Muchos llegan al día de la boda con un gran bagaje de experiencia malsana, que contamina su vida matrimonial. Por eso es conveniente que cada candidato al matrimonio, que dice amar al Señor y a su futuro cónyuge, evalúe su comportamiento sexual y se santifique delante de Dios de toda experiencia promiscua de su pasado.
Hablar con sinceridad y sin tapujos sobre la vida sexual (previa y futura) con el futuro cónyuge es un acto de madurez espiritual. La idea es que la relación sea cristalina y que no haya áreas oscuras en esta faceta tan importante, porque si se fracasa en la vida sexual, el matrimonio no resistirá las presiones de la vida.

3. EL DIVORCIO NO ES UNA OPCIÓN
Cuando un hombre y una mujer se casan con la idea del divorcio como una opción “por si la relación no resulta”, ya han sembrado una semilla para el fracaso de la pareja.
Vivimos en un mundo donde todo es relativo, nada es absoluto. Muchos dicen en tono de burla que ya no existen matrimonios “hasta que la muerte los separe”, sino “hasta que el divorcio los separe”. Otros dicen abiertamente que la causa del divorcio es el matrimonio, y abogan por una relación “sin papeles” como la mejor opción.
Las parejas cristianas no pueden dar lugar a esta clase de pensamientos. El cónyuge que ama a Dios siempre apostará a la felicidad matrimonial para toda la vida.
Desde luego que habrá dificultades, conflictos, luchas y pruebas en la vida matrimonial; pero si realmente Jesucristo es la roca y el fundamento del matrimonio, ese hogar permanecerá firme. Sin embargo, los cónyuges deben pactar desde el comienzo de su relación, que para ellos el divorcio no es una opción, tal como dice la Palabra: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6).
Según el “Manual del Creador”, la Biblia, el divorcio es consecuencia de la dureza del corazón, como leemos en Mateo 19:8: “Les dijo [Jesús]:—Ante su dureza de corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus mujeres; pero desde el principio no fue así”.
Cuando Dios está primero en el matrimonio y los cónyuges tienen una relación íntima con el Espíritu Santo no hay lugar para la dureza del corazón y mucho menos para la opción del divorcio.
¿Creen realmente que Dios los ha unido? Si tienen tal certeza, entonces nadie en la tierra podrá separarlos, porque “cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (Eclesiastés 4:12).

4. EL MATRIMONIO ES UN PACTO, NO UN CONTRATO
Nuestra sociedad occidental, acostumbrada a cancelar o romper contratos, no comprende el pacto matrimonial.
Según el trasfondo bíblico, el pacto es un acuerdo irrompible, indisoluble, hecho una vez y para siempre.
En la antigüedad, los pactos se validaban mediante un derramamiento de sangre. Jesucristo derramó su sangre en la cruz del calvario, como el Cordero de Dios, para que hoy podamos disfrutar de su bendición en todas las facetas de nuestra vida.
Cuando los novios cristianos se casan, hacen un voto ante Dios de ser fieles y amarse “en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad hasta que la muerte los separe”. En ese momento, están haciendo un pacto no solo entre ellos dos, sino también con el Señor, como el principal participante del pacto y “Dios fiel que guarda el pacto” (Deuteronomio 7:9).
En la ceremonia del pacto además se produce un intercambio. Cada uno entrega algo al otro. En la ceremonia nupcial, el hombre y la mujer se entregan en amor mutuo, y Dios, como principal participante del pacto, les entrega a cada uno su amor, que es eterno, perpetuo y duradero. Eso significa que el matrimonio recibe la gracia de un amor que nunca se acabará.
Los novios prometen amarse para siempre en el altar (lo cual a veces no se cumple a causa de la debilidad humana), pero Dios toma la buena intención de los novios y les concede su gracia para que puedan amarse para siempre. ¡Esto es algo glorioso y sobrenatural!
Por eso, el amor que sostiene el matrimonio es el amor de Dios derramado sobre cada cónyuge. Ese amor trasciende el sentimiento. Es un amor de pacto.
En todo matrimonio feliz y duradero, el amor de pacto sostiene la relación, no así el amor sentimental.
¿Qué amor sostiene tu matrimonio?

5. MI CÓNYUGE, MI MEJOR AMIGO Y CONFIDENTE
Sin duda, después de Dios, nuestro cónyuge debe ser nuestro mejor amigo y confidente. Así se refirió la esposa del Cantar de los Cantares a su esposo “Tal es mi amado, tal es mi amigo” (Cantares 5:16) y el esposo a ella “Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven” (Cantares 2:10).
Es muy importante que desde el noviazgo predomine el diálogo. Cuánto más hablen y conversen más se conocerán. Y a medida que la relación se fortalezca, la amistad crecerá y eso fortalecerá la futura relación matrimonial.
Cuando no tratamos a nuestro cónyuge como un amigo y confidente, se abre una brecha divisoria en la relación matrimonial. Podemos tener amigos muy íntimos, pero con nadie intimaremos más que con nuestro cónyuge. Los cónyuges conviven todo el tiempo, duermen juntos, tienen intimidad sexual y comunión espiritual. Todo eso los hace diferentes a cualquier otro amigo o amiga que tengan, por más buenos que sean.
Cuando nuestras amistades saben cosas que ocultamos a nuestro cónyuge, estamos construyendo muros de división, que con el tiempo destruirán la relación matrimonial. En todo buen matrimonio solo hay lugar para tres: El Señor, el esposo y la esposa.
Hay una secuencia común que se repite en todo matrimonio feliz y duradero:
1. La relación entre el hombre y la mujer comienza con un acercamiento y una posterior amistad.
2. Con el paso del tiempo, esa amistad da lugar al enamoramiento, noviazgo y posterior compromiso.
3. Después del compromiso llega la boda y los novios, que ya son amigos, comienzan a disfrutar de la vida matrimonial.
4. Con la vida matrimonial comienza la pasión y la intimidad.
5. Con la pasión y la intimidad se produce una unidad indisoluble entre los dos. “Así que no son ya más dos, sino una sola carne” (Mateo 19:6).
6. La pasión y la intimidad en el matrimonio da lugar a la procreación.
7. Después de la procreación, el matrimonio se fortalece a través de la amistad, el enamoramiento, la pasión, la intimidad y la unión durante toda la vida.
¿Es tu cónyuge tu mejor amigo/a y confidente?

6. DEL SINGULAR AL PLURAL
El comienzo de la vida matrimonial requerirá hacer ciertos cambios estratégicos. Uno de ellos es cambiar nuestro lenguaje. Es decir, ya no soy “yo”, sino somos “nosotros”. Ya no es “mío”, sino “nuestro”.
El matrimonio es una sociedad dual, hombre y mujer, donde todo lo que cada uno hace repercute en el otro… para bien o para mal. La Palabra es clara cuando explica cómo Dios creó el matrimonio: “El hombre dejará a su padre y madre y se unirá a su mujer…” (Génesis 2:24). Esto significa un cambio de conducta y de dirección. En el matrimonio ya no decimos esto es “mío”, sino “nuestro”. Todo pasa a ser “en común”, desde luego, sin perder la individualidad y el desarrollo personal de cada cónyuge.
Muchos consideran el matrimonio como una cárcel, cuando en realidad debemos verlo como una plataforma de lanzamiento, donde el hombre y la mujer se realizan y se potencian en la vida.
Dios no creó el matrimonio para “cortarnos las alas”, sino para que levantemos vuelo. El éxito, el bienestar y el desarrollo de nuestro cónyuge deben ser nuestra alegría y nuestro anhelo constante. Debemos ver todo bajo la perspectiva de pareja y hacer todo en favor del enriquecimiento de la vida conyugal.
¡Deja de hablar en singular, y empieza a hablar en plural!

7. RESPETO MUTUO EN PALABRAS Y ACCIONES                                                                                                                                    Lamentablemente, la violencia ha invadido la vida de la familia y el matrimonio. Esto se debe a muchos factores; pero, básicamente, a una falta de respeto por la vida de la otra persona.
El respeto hacia el otro debe estar basado, principalmente, en el hecho de que mi cónyuge es una criatura de Dios, creado/a a su misma imagen. “Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó” (Génesis 1:27).
En segundo lugar, mi cónyuge es un hijo/a de Dios, por lo tanto, es mi hermano/a espiritual, al cual le debo respeto. “Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).
En tercer lugar, mi cónyuge es mi “socio/a”, el compañero/a que he elegido entre tantas otras personas para formar un hogar. Esto lo hace especial y diferente. “Hallé al que ama mi alma. Me prendí de él y no lo solté” (Cantares 3:4).
El respeto debe manifestarse en palabras y acciones. Debemos poner en práctica en nuestro matrimonio el mandato de amar “a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Respeta a tu cónyuge como tú deseas que él/ella te respete.
A todos nos gusta que nos traten bien, que nos hablen con dulzura, con ternura, con amabilidad y en paz. Evitemos las burlas, los insultos, los reclamos airados, las palabras denigrantes o hirientes, los gritos, ¡ni pensar en la violencia!
Evita cualquier acción que atente contra la integridad física de tu cónyuge.

8. LEALTAD Y FIDELIDAD, EL MARCO DE LA FELICIDAD
La lealtad y la fidelidad debe ser la característica principal de cada cónyuge que anhela tener un matrimonio feliz y duradero.
En nuestra sociedad, se atenta continuamente contra la lealtad y la fidelidad matrimonial. A cada paso encontramos propuestas y posibilidades de ser infieles. Por lo general, son propuestas muy atractivas a simple vista; pero cuyo fin es la desgracia, la destrucción y, muchas veces, la misma muerte.
Cuando se transgrede la lealtad y la fidelidad matrimonial, se destruye el fundamento mismo de la relación. Y restaurar ese fundamento llevará mucho tiempo aunque el cónyuge infiel se arrepienta genuinamente. En muchos casos, es probable que quede para siempre la duda de que vuelva a ocurrir.
La fidelidad es totalmente posible cuando los cónyuges caminan tomados de la mano del Señor. Esta es la única manera de no ceder a la tentación y no dejarse seducir por ella. El apóstol Pablo hizo la misma exhortación a los tesalonicenses, cuando les dijo: “La voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor” (1 Tesalonicenses 4:3-4).
Por eso siempre se recomienda mantener una distancia prudencial con las personas del sexo opuesto, en especial, de aquellas que nos atraen físicamente. Además debemos estar siempre alertas y decidir ser fieles cada día, ante todo, al Señor y también a nuestro cónyuge; porque tenemos un enemigo que quiere devorar nuestra felicidad matrimonial.
“Sean sobrios y velen. Su adversario, el diablo, como león rugiente anda alrededor buscando a quién devorar” (1 Pedro 5:8).

9. DIFERENTES, PERO SEMEJANTES
Muchos creen, erróneamente, que Dios nos hizo a todos iguales, pero Dios creó al ser humano según su género. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). Investigaciones han revelado que no existen dos huellas digitales idénticas. Para Dios, cada uno de nosotros es especial, único. Dice el Evangelio de San Lucas, capítulo 12, que somos de gran valor para Dios: “¿No se venden cinco pajaritos por dos moneditas? Pues ni uno de ellos está olvidado delante de Dios. Pero aun los cabellos de la cabeza de ustedes están todos contados. No teman; más valen ustedes que muchos pajaritos” (vv. 6-7).
Los seres humanos somos semejantes, pero no iguales. Dios nos ha dotado de talentos, dones y virtudes distintas y particulares. Muchas veces, queremos imponer nuestra manera de hacer las cosas a nuestro cónyuge, sin darnos cuenta de que él/ella es diferente a nosotros. Dios lo/a ha creado así. No hay dos personas que sean iguales y piensen igual sobre la faz de la tierra. Sin embargo, todos nos distinguimos por ser criaturas caídas, con debilidades, falencias y errores, “como está escrito: No hay justo ni aun uno” (Romanos 3:10). Aún así, podemos acercarnos “con confianza al trono de la gracia para que alcancemos misericordia y hallemos gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).
Por lo tanto, respeta las diferencias que tienes con tu cónyuge; no pierdas el tiempo en imponerle tus gustos o preferencias, y disfruta de la semejanza de haber sido creado a la imagen de Dios.

10. Sí AL PERDÓN, NO AL RENCOR
Convivir con una persona todo el tiempo causará, tarde o temprano, conflictos y desacuerdos… ¡y enojos! Son dos personas que se aman; pero que difieren en sus reacciones, manera de pensar, de ver la vida y de hacer las cosas. Todo eso puede ocasionar momentos de tensión, desacuerdos y discusiones, que deben aprender a manejar.
Cuando los cónyuges discuten y no llegan a ningún acuerdo se enfrentan a la tentación de dejar de hablarse y distanciarse. Si bien, a veces es bueno esperar un momento hasta que se “calmen los ánimos”, luego deben decidir perdonarse, porque, de lo contrario, la falta de perdón los llenará de rencor y no podrán olvidar aquello que han percibido como un agravio… y eso los torturará.
Perdonar no es un sentimiento, sino una decisión. El perdón es un acto de fe, en obediencia al mandato de Dios en su Palabra: “Si tienen algo contra alguien, perdónenlo para que su Padre que está en los cielos también les perdone a ustedes sus ofensas” (Marcos 11:25). Cuando decidimos perdonar, con el tiempo, el sentimiento nos acompañará y el rencor se esfumará.
Si tienes la tendencia a no perdonar y a ser rencoroso, trabaja en esto; porque no existe matrimonio feliz y duradero, donde cada cónyuge no haya aprendido a perdonar al otro varias veces “hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22) y durante toda la vida.
¡Dile sí al perdón y no al rencor!

 

 

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