En los últimos días hemos visto un resurgimiento del racismo, como consecuencia del abuso policial contra una persona de la raza negra, que produjo la muerte de George Floyd en los Estados Unidos. Este triste hecho ha provocado manifestaciones de protesta en varias ciudades del mundo en contra de este cruel flagelo que aún no se ha erradicado.

El racismo es sin dudas una ideología degradante, divisiva y destructiva, que debería erradicarse definitivamente de nuestras comunidades. Sin embargo, debemos saber que el racismo no es un problema de piel, sino del corazón.

Dios creo al ser humano a su imagen y semejanza. En el último día de la creación “dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26).  Haber sido hechos a “imagen y semejanza” de Dios significa, en términos generales, que fuimos hechos para parecernos a Dios. Adán no se parecía a Dios en un sentido material (cuerpo), sino en un sentido inmaterial (alma / espíritu). La Palabra dice que “Dios es espíritu” (Juan 4:24), y por tanto Él existe sin un cuerpo material. Sin embargo, Dios creó a Adán con una parte material (cuerpo) y una inmaterial (alma / espíritu). De modo que la imagen de Dios, se refiere a la parte inmaterial del hombre. Precisamente esto diferencia al hombre del mundo animal, por eso Dios lo designó para tener “dominio” sobre la tierra y sus criaturas (Génesis 1:28), y lo capacitó para tener comunión con su Creador. Por lo tanto, la imagen y semejanza de Dios se refiere a una semejanza mental, moral y social.

Semejanza moral: El hombre fue creado como un ser racional con voluntad propia. En otras palabras, el hombre puede razonar y decidir como un reflejo de la inteligencia y la libertad de Dios.

Semejanza moral: El hombre fue creado en justicia y perfecta inocencia como un reflejo de la santidad de Dios. Dios vio todo lo que había hecho (incluido el ser humano) y dijo que era “muy bueno” (Génesis 1:31). Nuestra conciencia moral es un vestigio de ese estado original.

Semejanza social: El hombre fue creado para tener compañerismo como un reflejo de la comunión en la Trinidad. En el Huerto del Edén, el hombre tenía una perfecta relación con Dios (Génesis 3:8). Luego Dios hizo a la mujer porque “no es bueno que el hombre esté solo…” (Génesis 2:18). Cada vez que alguien contrae matrimonio, hace amistad o participa en una comunidad en paz, está demostrando el hecho de que fuimos hechos a la semejanza de Dios.

Adán tenía la capacidad de tomar decisiones libremente, por haber sido hecho a la imagen de Dios, pero a pesar de tener una naturaleza justa, Adán y Eva tomaron la mala decisión de rebelarse en contra de su Creador. Al hacerlo, dañaron la imagen de Dios que poseían en su interior, y pasaron esa semejanza dañada a toda su descendencia (Romanos 5:12). Hoy, todavía llevamos dentro esa semejanza de Dios (Santiago 3:9) en la cual está implícita la capacidad de amar; pero claro está que también mostramos las cicatrices del pecado y sus efectos mentales, morales y sociales.
No obstante, como parte de esa “imagen y semejanza de Dios” está la capacidad del corazón humano de amar a Dios primero y, por consiguiente, al prójimo. El mismo Jesús respondió a uno de los escribas que lo escuchaba enseñar: “El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Mateo 12: 29-31).

Ningún ser humano con una naturaleza caída puede amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas las 24 horas del día. Es humanamente imposible. Por eso Jesús les recordaba constantemente a los fariseos que eran incapaces de guardar la ley de Dios debido a su corrupción espiritual y su necesidad de un Salvador. Sin la limpieza del pecado que Jesús ofrece, y la presencia del Espíritu Santo que vive en el corazón de los redimidos y nos da su poder, es imposible amar a Dios por sobre todas las cosas.

Sin embargo, como cristianos, Jesús nos ha limpiado del pecado, y el Espíritu Santo que mora en nosotros nos da poder. Entonces, ¿cómo podemos amar a Dios como su Palabra enseña?  No podemos amar a alguien que no conocemos, por lo tanto, conocer a Dios debe ser nuestra principal prioridad. ¿Cómo lo conocemos? Al leer su Palabra, orar, obedecer sus mandamientos y honrar a Dios en todas nuestras decisiones. Mediante estas disciplinas espirituales, podemos conocer más y amar más a Dios.

Ahora bien, después del amor a Dios, el mandamiento más grande es el amor al prójimo. El amor al prójimo es producto del amor de Dios, y no puede haber verdadero amor de Dios sin amar al prójimo. Dice su Palabra: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4:20-21).

¿Quién es tu prójimo? Es todo aquel que está a tu alrededor. No importa su condición social ni el color de su piel. No importa si comparte tus mismos ideales e ideologías políticas. Ni siquiera importa si es tu amigo o tu enemigo. El amor al prójimo encierra a todos: tu cónyuge, tus hijos, tu padre, tu madre, tus hermanos, tu vecino, tus compañeros de trabajo, tus autoridades… en fin, a todos.

El verdadero amor al prójimo se expresa en hechos, no solo en palabras. El amor genuino está dispuesto a aborrecer lo malo y amar lo bueno para que se manifieste la verdadera justicia. Debemos mostrar amor y respeto por el prójimo para que la violencia, la discriminación y el racismo no destruya nuestra sociedad.

La buena noticia es que, cuando Dios redime a un individuo, comienza a restaurar su imagen y semejanza original, haciendo de él un “nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24). Esa redención sólo está disponible por la gracia de Dios a través de la fe en Jesucristo (Efesios 2:8-9).

Si ya tienes a Cristo en tu corazón “el amor de Dios ha sido derramado en [tu corazón] por el Espíritu Santo que [te fue] dado” (Romanos 5:5). Si aún no lo has hecho, acepta a Cristo como tu Salvador personal, y Dios hará de ti no solo una “nueva criatura” (2 Corintios 5:17), sino que te dará “un corazón nuevo y [pondrá] un espíritu nuevo dentro de [ti]” (Ezequiel 36:26).

Como puedes ver, el racismo no es un problema de piel, sino del corazón.

Dios te bendiga.

Ritchie y Rosa Pugliese

CategoryArtículos
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