Cuántas veces  hemos escuchado hablar de la importancia de mantener el hogar limpio de polvo, bacterias, moho y suciedad. Asimismo todos somos conscientes de la necesidad de tomar medidas de higiene individual, que nos protejan de la contaminación y el contagio de virus y enfermedades.

Si bien esta clase de limpieza es necesaria e indispensable, existe otra clase de limpieza que es aún más importante: LA LIMPIEZA ESPIRITUAL. Así como no le podemos decir a alguien que nos visita que “nuestra casa estaba limpia ayer” cuando hoy se encuentra sucia y desordenada, tampoco podemos vivir la vida cristiana con los pecados confesados en el pasado. Debemos estar a cuentas con Dios.

A lo largo de los años hemos descubierto que existen ciertos patrones de pecado, que manchan nuestra vida espiritual y afectan nuestra relación con Dios. Y cuando eso sucede, también se ven afectadas las relaciones en el hogar.

La buena noticia es que, así como combatimos la suciedad del hogar y nuestra higiene personal con alcohol, cloro, agua y jabón, también podemos combatir la pecaminosidad y contaminación de nuestra vida espiritual con LA SANGRE PRECIOSA DE JESUCRISTO; porque “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

En este día te invitamos a comenzar este proceso de limpieza y a examinarte delante de Dios para detectar las cosas que podrían contaminar tu vida espiritual y, en consecuencia, perjudicar tus relaciones familiares:

  1. EL PECADO Y LAS TRANSGRESIONES PERSONALES

Pecado es vivir independiente de Dios, no solo hacer lo malo. Nuestras malas acciones son la consecuencia de vivir alejados de Él. Este es el principal pecado de la humanidad.

A pesar de haber entregado nuestra vida a Dios cuando aceptamos a Cristo como nuestro Salvador personal, estamos expuestos a la contaminación espiritual de nuestra humana naturaleza debido a las “obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas” (Gálatas 5:19-21).

Romanos 4:25 dice que Jesús “fue entregado por nuestras transgresiones”. ¿Qué son las transgresiones?  Son actos que están a punto de violar los límites de Dios. Es como intentar poner la mano en el fuego y sacarla rápidamente para no quemarnos. Es como caminar en el borde de una cornisa entre lo bueno y lo malo. Por ejemplo, no podemos decir que mirar televisión sea pecado, pero si mirar cierto tipo de programas me contamina, debería cambiar de canal. Tampoco podemos decir que comer sea pecado, pero si la comida me domina y no puedo controlarme, debería disciplinarme en esa área.

Por eso debes detectar cualquier cosa que hagas en tu vida que no sea abiertamente pecado, pero que puede llegar a dominarte. La práctica continua de las transgresiones podría llegar a insensibilizarte poco a poco hasta que ya no puedes escuchar la voz de advertencia del Espíritu Santo. El salmista lo sabía muy bien y lo expresó a Dios en una oración: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión. Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía, y redentor mío” (Salmos 19:12–14). Presta atención a las pequeñas cosas que haces en tu vida diaria y que pueden llegar a dominarte. ¡No vaya a ser que caigas en “gran rebelión”!

Otro que también entendía muy bien el peligro de las transgresiones y estaba determinado a no dejarse dominar por ellas, es el apóstol Pablo, que escribió: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12).

Necesitas examinar continuamente tu corazón a la luz de la Palabra, “porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).  Permite al Espíritu Santo que te muestre específicamente las cosas que pueden contaminarte, y cuando algún pecado venga a tu mente, arrepiéntete, confiésalo y recibe el perdón del Señor, para que puedas decir como el salmista: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmos 32:5).  Y, por último, no te quedes con culpa o remordimiento, porque “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

  1. PATRONES DE INIQUIDAD

Esta es una tarea de limpieza más compleja, donde debemos buscar al Señor para que nos muestre la iniquidad de nuestros padres, abuelos, bisabuelos, etc.  Estos actos de impiedad pueden incluir la consulta a un vidente, las cartas astrales, el tarot, el trabajo de un brujo o la directa participación en prácticas ocultas o espiritistas, como por ejemplo, hablar con los muertos. La Biblia señala que la iniquidad de nuestros antepasados corre por nuestra línea sanguínea y nos afecta a nosotros, nuestros hijos, nuestros nietos y así sucesivamente. Sin embargo, Dios dice: “Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” (Éxodo 20:5).

Aquí es conveniente que busquemos la asistencia de un pastor o un líder espiritualmente maduro, que tenga discernimiento para ayudarnos a cortar toda maldición heredada de nuestros antepasados, como así también toda participación en las prácticas ocultas o espiritistas en las que nosotros mismos hayamos incurrido por ignorancia o curiosidad.  Hoy día, cada vez son más los que se involucran en sectas diabólicas, que prometen “beneficios”, como por ejemplo, la prosperidad financiera o el amor de una pareja, a cambio de algún pacto, que generalmente incluye el derramamiento de sangre de un animal y, en casos extremos, de un ser humano. Esto abre las puertas al diablo y sus demonios para que nos atormenten, porque una vez que el enemigo les otorgó lo que le pidieron, las personas quedan atadas, enlazadas, atrapadas, oprimidas y atormentadas durante toda la vida. Lamentablemente, muchas veces incluso terminan por suicidarse o cometer asesinatos masivos.  Solo cuando decidimos renunciar a estas prácticas ocultas y pedir que la sangre de Jesucristo corte esos pactos podemos ser libres, porque “Él es quien perdona todas tus iniquidades” (Salmos 103:3). Una vez que hacemos esto podemos consagrar nuestra línea generacional a Dios.

Invitemos al Espíritu Santo a recorrer nuestro linaje y declaremos que a partir de ahora nosotros, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, disfrutaremos la bendición, la gracia y el favor de Dios “que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado” (Éxodo 34:7). “Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:12).

  1. FALTA DE PERDÓN

Leemos en Mateo 5:7: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. La falta de misericordia y perdón ha sido, por generaciones, causa de guerras, asesinatos y divorcios. No es nada nuevo que la falta de perdón produce heridas emocionales y espirituales, que no solo manchan el alma, sino que también deterioran y hasta enferman el cuerpo físico, como lo experimentó el salmista cuando proclamó: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos” (Salmos 32:3). Se dice que la falta de perdón es como tomar veneno y pretender que la otra persona se muera. Sin embargo, ese veneno que tragamos infecta y contamina nuestro corazón, lo cual da lugar a un terreno fecundo para que broten raíces de amargura, y eso nos impide “alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:15).

Existen muchos motivos o experiencias vividas que ameriten nuestro perdón. Quizás una ofensa, una mala contestación, abuso de autoridad, un hermano en la fe o pastor que nos falló, las expectativas no cumplidas de alguien que nos defraudó o nos mintió, el dolor que alguna persona nos causó. A veces necesitamos perdonar a nuestros mismos padres, cónyuges, hijos, hermanos o aquellos que llamábamos amigos, incluso a nosotros mismos por algo que hicimos o no hicimos y nos remuerde la conciencia… la lista puede ser interminable.

Ahora bien, tenemos algunas ideas falsas con respecto al perdón:

 a) PENSAMOS QUE EL OFENSOR TIENE QUE GANARSE NUESTRO PERDÓN. Con frecuencia pensamos que quienes nos lastimaron deben disculparse, dar muestras de estar arrepentidos y pedirnos perdón, y muchas veces esperamos que de alguna manera nos compensen por el dolor que nos provocaron. Sin embargo, Dios nos ordena perdonar ya sea que la otra persona nos haya pedido perdón o no. Ya sea que esté arrepentida o no. Ya sea que se lo merezca o no, porque “Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Romanos 5:8, NTV).

b) PENSAMOS QUE PERDONAR SIGNIFICA OLVIDAR. Declara Dios en su Palabra: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados” (Isaías 43:25). ¿No sería bueno que nuestra mente funcionara como la de Dios? Quisiéramos tener la capacidad de olvidar nuestros pecados, así como los pecados de los demás. Sin embargo, en nuestra humanidad, nos cuesta olvidar las cosas que más nos han herido. Por el solo hecho de recordar una ofensa no significa que no has perdonado; sino que no puedes olvidar como Dios lo hace. Tal vez necesites perdonar la ofensa cada vez que te venga a la mente, pero no te condenes porque la sigues recordando. Hay una diferencia entre solo recordar o estar todo el tiempo pensando en eso. Recordar es natural. Pensar en eso todo el tiempo es enfermizo. En cambio, cada vez que te venga a la memoria el incidente, tómalo cautivo, como dice 2 Corintios 10:5: “Destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo”.

c) PENSAMOS QUE PERDONAR SIGNIFICA RESTAURAR LA RELACIÓN CON EL OFENSOR: Una persona que te hizo daño no tiene que ganarse tu perdón, pero tiene que volver a ganarse tu confianza. Puedes liberar a una persona de su ofensa y, al mismo tiempo, mantener límites protectores alrededor de tu corazón. Dios nos manda que perdonemos, y que lo hagamos sin reservas. Ahora bien, reencontrarte con un marido que te golpeó y no está arrepentido, una amiga o un amigo que te difamó (y lo sigue haciendo) o una persona que te maltrata todo el tiempo es una cosa totalmente distinta. Puedes perdonar a esa persona, pero no tienes que volver a tener la misma relación con él o ella y exponerte a que te haga más daño.

Finalmente, puede que esperes a sentir deseos de perdonar, pero eso quizás nunca ocurra. Debes hacerlo en obediencia y fe, porque “si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:15). El perdón te hace libre de la cárcel del resentimiento en la que estás encerrado en tu propio corazón. Cuando perdonas, no solo liberas  a la otra persona, sino que te liberas a ti mismo. Te animamos a hacer silencio y permitir que Dios ponga en tu mente el nombre de cada persona que debes perdonar y, por fe, perdonar a cada una para que puedas ser libre y cumplir en libertad el plan de Dios para tu vida.

  1. LO QUE YO HABLO DE MÍ

En Génesis vemos que Dios creó el mundo con sus palabras. “Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz” (1:3); así, con sus palabras creó todo lo que hoy conocemos.  Proverbios 18.21 declara: “La muerte y la vida están en poder de la lengua”. No deberíamos subestimar el poder de nuestras palabras. Con ellas podemos sentenciar muerte o vida en diferentes situaciones. Con ellas podemos pronunciar un futuro negativo o positivo y hasta podemos determinar nuestro estado de ánimo. En fin, muchos aspectos de nuestra vida dependen de nuestras palabras.

Son incontables las veces que pronunciamos sentencias negativas sobre nosotros, como por ejemplo: “no sirvo para nada”, “soy un inútil”, “todo me sale mal”, “todas las desgracias me pasan a mí”, etc. Esta clase de expresiones atenta con lo que Dios declara sobre nosotros. Y aunque parezcan expresiones inocentes, sentencian un hecho que no concuerda con lo que Dios dice. Recordemos que el enemigo siempre quiere degradarnos y rebajarnos y, si le damos cabida, puede usar nuestros mismos pensamientos y nuestras expresiones para destruirnos.

Necesitamos arrepentirnos de toda palabra negativa que hemos dicho (o que solemos decir) de nosotros mismos, y cambiar nuestra manera de hablar como el salmista, cuando declaró: “Soy una creación maravillosa, y por eso te doy gracias. Todo lo que haces es maravilloso” (Salmos 139:14 NTV). Dios piensa bien de nosotros y tiene planes de bendición para nuestra vida; pero no se cumplirán automáticamente sin nuestra colaboración: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías 29:11).

  1. LO QUE OTROS HABLAN DE MÍ

Es inevitable que hablen de nosotros. Además, como cristianos, nuestro enemigo, el diablo, usa a las personas para hacernos la guerra por medio de críticas, murmuración, calumnias, difamación, chismes y todo tipo de comentarios negativos con la idea de degradar nuestra imagen y reputación, y de esa manera robarnos el gozo. Y si logra robarnos el gozo, nos debilitaremos y no podremos vencer las artimañas del enemigo, porque “el gozo del Señor es [nuestra] fuerza” (Nehemías 8:10).

Una cosa es que las personas hablen porque les hemos dado motivos, pero cuando nos atacan injustamente sentimos mucha impotencia y dolor. No obstante, Jesús dijo: “Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, hagan bien a los que los odian, y oren por quienes los persiguen” (Mateo 5:44 RVC). “Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa los insulten y persigan, y mientan y digan contra ustedes toda clase de mal” (Mateo 5:11).

Por último, podemos silenciar toda voz que se levanta en contra de nosotros, porque el Señor promete salvarnos: “Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová” (Isaías 54:17).

Por lo tanto, piensa en todas las palabras negativas que hayan pronunciado contra ti —personas en autoridad, tus padres, maestros, jefes, supervisores, pastores, mentores o hermanos, incluso tu cónyuge— y  silencia sus voces con la autoridad de la Palabra de Dios. Cancela el efecto destructor de dichas palabras en el nombre de Jesús y confiesa las promesas de la Palabra de Dios sobre tu vida.

  1. LO QUE YO HABLO DE OTROS

Leemos en Proverbios 16:24 (RVC): “Las palabras amables son un panal de miel; endulzan el alma y sanan el cuerpo”. ¡Cuidado! ¡Con nuestras palabras podemos sanar o podemos enfermar!

Para ser sinceros, debemos reconocer  que todos hablamos de otros en mayor o menor medida. A menudo nuestra humana naturaleza nos tienta a hablar despectivamente de los demás. Y muchas veces, nos escondemos tras una máscara de petulancia o superioridad espiritual y juzgamos la conducta y las acciones de otras personas en vez de mirarnos a nosotros mismos, como hizo el profeta Isaías cuando tuvo una visión del Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y expresó: “¡Ay de mí, pues soy muerto! Porque siendo un hombre de labios impuros y habitando en medio de un pueblo de labios impuros, mis ojos han visto al Rey, al SEÑOR de los Ejércitos” (Isaías 6:5).

Por lo tanto, pide al Espíritu Santo que te recuerde las palabras que has dicho contra alguien, arrepiéntete y pide perdón al Señor. En algunos casos, también deberás pedir perdón a la persona que has juzgado o criticado. Revierte lo que has dicho y habla bien de esa persona. Señala Romanos 12:14: “Bendigan a los que les persiguen; bendigan y no maldigan”. Decide ser un canal de bendición, y no de maldición. Tal vez no lo sientas, pero hazlo por fe.  Recuerda que “por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mateo 12:37). Y si necesitas inspiración, contempla al Señor sentado en su trono.

 

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