“No tengas miedo de confiar un futuro desconocido a un Dios conocido”. Esta famosa frase de Corrie ten Boom, escritora y activista holandesa, célebre por brindar refugio a los perseguidos por el régimen nazi durante el holocausto, nos remonta al momento cuando el ángel Gabriel visita a María y le dice: “¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres” (Lucas 1:28). El Evangelio de Lucas dice que María se perturbó al escuchar ese mensaje. ¡Y no es para menos! Todos sentimos temor cuando nos enfrentamos a un futuro incierto en nuestras vidas.

Luego el ángel le dijo:

“María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (1:30-33).

Ahora, que ya conocemos la historia del nacimiento sobrenatural de Jesús, el mensaje del ángel nos parece una noticia emocionantemente alentadora; pero para María significaba estar frente a un futuro incierto y desconocido en su vida. (No nos olvidemos que era apenas una adolescente).

Sin embargo, María no dudó de la Palabra del Señor. Solo preguntó por simple curiosidad: “¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (1:34-35). Aunque el ángel respondió la pregunta de María, la concepción sobrenatural del Espíritu seguía siendo un hecho incomprensible. Algo jamás pensado para la mente humana… como lo son todos los milagros de Dios.

El ángel continúa diciendo: “Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; porque nada hay imposible para Dios” (1:36-17). Su prima Elisabet, que había sido estéril, estaba embarazada de Juan el Bautista, aquel que prepararía el camino del Señor.

Es muy probable que María conociera las Escrituras. Seguramente, habría escuchado las profecías que anunciaban al Mesías esperado. Eso la ayudó a no dudar de la Palabra del Señor y a tener fe. Y, así pues, fue obediente sin pensar en las consecuencias que ello traería a su vida. Tengamos presente que todavía era una joven soltera. Quedar embarazada sería una deshonra para ella. Su prometido la abandonaría. Y podría experimentar consecuencias aún mayores. Sin embargo, María respondió al ángel del Señor:

“He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (1:38).

Hoy, más de 2000 años después, conocemos el resultado de su humilde sujeción a la voluntad de Dios y de su fe en Él.  El Hijo de Dios vino al mundo y murió para pagar por nuestros pecados y acercarnos al Padre.  Hoy podemos gozar de la salvación eterna y una vida abundante aquí en la tierra, porque una joven pura creyó la Palabra de Dios y la aceptó con humildad de corazón.

Tal vez te encuentres frente a un futuro incierto en cualquier área de tu vida. Nada puede ser más incierto que el futuro que María enfrentaba. Tú, como ella, puedes confiar en que Dios puede concebir en ti “ese milagro que estás esperando” de manera sobrenatural, por su Espíritu, porque, como dijo el ángel del Señor, “nada hay imposible para Dios”.

Dios te bendiga.

Rosa Pugliese

 

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