Es muy fácil desilusionarnos cuando las expectativas que teníamos de nuestra relación conyugal no se cumplen. Entonces nos preguntamos: “¿Cómo es posible que seamos tan incompatibles cuando antes de casarnos parecíamos estar hechos el uno para el otro?”.

Aquí es donde entra en juego la realidad de la vida frente a las expectativas irreales de un matrimonio sin conflictos ni diferencias. El mismo apóstol Pablo nos advirtió sobre los problemas de la vida matrimonial (1 Corintios 7:28, NTV). Es decir, que si tu matrimonio no es lo que tú esperabas, queremos decirte que no eres el único/a y que tampoco te encuentras en un callejón sin salida. Si has aceptado a Jesucristo como tu Salvador, cuentas con su Presencia y su Palabra, que “es útil para enseñarnos lo que es verdad y para hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña a hacer lo correcto” (2 Timoteo 3:16, NTV).

Ahora bien, puede que pienses que tu cónyuge es el que está equivocado. Al fin y al cabo, él/ella no cumplió con tus expectativas. Sin embargo, sería bueno que analizaras algunas de tus expectativas con respecto al matrimonio.

Por ejemplo, algunos pensaban que el matrimonio era sinónimo de felicidad: “no tendrían ni un sí ni un no”, siempre estarían de acuerdo, no habría secretos entre ellos, no experimentarían malentendidos, cada uno sería la máxima prioridad del otro, nunca se sentirían distantes… y, desde luego, tú tendrás tus propias expectativas no cumplidas. Lamentablemente, estas expectativas no hacen más que conducirnos a la desilusión.

No obstante, algunas expectativas lejos de ser fantasiosas, tienen que ver con anhelos de nuestro corazón, con deseos razonable que nuestro cónyuge desconoce. ¿Qué podemos hacer entonces? ¡Decírselo!

“Quien piensa bien las cosas se fija en lo que dice; quien se fija en lo que dice convence mejor” (Proverbios 16:23, TLA).

La Biblia dice que “el deseo cumplido regocija el alma”. De eso no tenemos dudas. Sin embargo, no podemos esperar que nuestro cónyuge sepa lo que nos gusta o deseamos. Por tal motivo, una sabia comunicación es la clave para resolver la mayoría de nuestros conflictos conyugales.

“Todo hombre prudente procede con sabiduría” (Proverbios 13: 16).

Paciencia, sabiduría y prudencia para escoger el momento oportuno y el lugar adecuados para hablar son ingredientes necesarios para toda comunicación eficaz. ¡Ten cuidado! No se trata de acusar a tu cónyuge, sino de expresarle tus deseos y abrirle tu corazón.

“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor” (Proverbios 15:1).

Finalmente, cabe preguntarse: “¿Por qué muchas veces pretendemos que nuestra relación conyugal sacie y llene nuestra vida, cuando, en realidad, el único que puede saciarnos es el Señor?… porque Él es “Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:23).

Todos tenemos un vacío que solo el Salvador de nuestras almas, Jesucristo, puede llenar. No esperes que tu cónyuge sacie lo que solo el Señor puede saciar. Esta es la única manera de vivir con las expectativas correctas y, así, evitar la desilusión.

Dios te bendiga.

Ritchie y Rosa Pugliese

 

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