En esta época de continuos ataques contra el plan de Dios para el matrimonio y la familia, es indispensable que los cristianos colaboremos en la recuperación del patrón original divino para el matrimonio y la familia. Sin embargo, para ello necesitamos enfocarnos en el matrimonio, como base de la familia y columna de nuestra sociedad.

La Palabra de Dios afirma: “Quien halla esposa halla la felicidad: muestras de su favor le ha dado el Señor” (Proverbios 18:22, NVI). Desde luego, esta palabra incluye a las mujeres y su necesidad de encontrar un buen marido. Los matrimonios son la base sobre la cual se construye nuestra sociedad. Y sin duda, una sociedad es tan fuerte como lo son sus matrimonios y familias.

La unión del hombre y la mujer, que Dios diseñó desde la creación para el matrimonio, tenía el propósito de durar para siempre o “hasta que la muerte los separe”. Así se ha expresado tradicionalmente en las ceremonias nupciales desde tiempos antiguos… una tradición que hoy día, lamentablemente, se está extinguiendo (Romanos 7:2-3). Vemos en Génesis 1:28 que el plan original de Dios también incluyó a los hijos, no solo que el hombre y la mujer, unidos en matrimonios, fueran fecundos, se multiplicaran y llenaran la tierra; sino también que fueran padres sensatos, como señala el profeta Malaquías: “¿Qué sería lo más sensato? Buscar que sus hijos sean parte del pueblo de Dios, ser cuidadosos de sí mismos y ser fiel cada uno a la mujer de su juventud” (2:15, PDT).

En la creación, Dios vio que todo lo que había hecho “era muy bueno” (Génesis 1:31). Su designio era que su creación (el hombre y la mujer y la familia que formaran) disfrutara de una vida feliz en la tierra. Sin embargo, a juzgar por los índices actuales de divorcio o incluso la falta de interés en el matrimonio, la humanidad se ha desviado de la instrucción de Dios para la relación conyugal y, en cambio, ha escuchado la voz de una sociedad moderna que carece de los valores fundamentales que se solían respetar.

Desdichadamente, eso ha dejado un tendal de niños sin una imagen positiva del matrimonio y la familia. Por otro lado, hay un auge de padres modernos que aceptan que sus hijos tengan una vida sexual activa desde muy temprana edad lo cual ha disparado el índice de embarazos adolescentes. Según la Organización Mundial de la Salud: “Unos 16 millones de jovencitas de 15 a 19 años y aproximadamente 1 millón de niñas menores de 15 años dan a luz cada año. Las complicaciones durante el embarazo y el parto son la segunda causa de muerte entre las jóvenes de 15 a 19 años en todo el mundo. Cada año, unos 3 millones de muchachas de 15 a 19 años se someten a abortos peligrosos”.

Estas estadísticas son escalofriantes, ¿verdad? La sociedad moderna promueve una libertad, que en realidad no hace más que esclavizar a nuestros hijos y someterlos a una vida desvirtuada y libertina en la que dan rienda suelta a sus instintos sexuales y comienzan a “experimentar” antes de tiempo. Eso los lleva por el camino peligroso de la promiscuidad, en el cual contraen enfermedades de transmisión sexual, tienen embarazos no deseados y terminan por ser padres sin estar preparados y maduros para cumplir ese rol. Ante esta realidad, no podemos más que sostener, como afirma la sabia Palabra de Dios, que “hay un camino que al hombre le parece derecho, pero que al final es camino de muerte” (Proverbios 14:12).

Hoy no se enseña a los adolescentes y jóvenes a “huir de la inmoralidad”, como enseñó el apóstol Pablo a los corintios; porque “todos los demás pecados que una persona comete quedan fuera de su cuerpo; pero el que comete inmoralidades sexuales peca contra su propio cuerpo… [porque] fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios” (1 Corintios 6:18-20, NVI). Sino, antes bien, se promueve la práctica del “sexo seguro” (el uso de contraceptivos o profilácticos para evitar enfermedades y embarazos no deseados). Y vemos que aun desde las autoridades gubernamentales y escolares se los alienta con la distribución de profilácticos gratuitos.

Aunque estas medidas de acción puedan parecer lógicas, no están a la altura de los preceptos de Dios. Precisamente, esta lógica incorrecta es la causa de los altos índices de infelicidad en las relaciones y los fracasos matrimoniales.

Otra problemática que afecta a nuestros niños y adolescentes es el abuso de sustancias como el alcohol, el tabaco y las drogas. Por desgracia, cada vez comienzan a consumir estas sustancias a edad más temprana lo cual aumenta los peligros que el uso y abuso de estas sustancias tienen en el organismo y la mente de nuestros hijos. La Academia Americana de Psicología Infantil y Adolescente afirma que los niños y adolescentes que corren el riesgo de desarrollar problemas serios con el alcohol y las drogas incluyen aquellos que tienen un historial familiar de abuso de sustancias, que están bajo estrés o depresión, que tienen una baja autoestima y se sienten que no encuentran su lugar en ningún grupo de amigos o no son aceptados por sus pares. Vemos aquí también la necesidad de que la familia sea el refugio estable donde estos niños y adolescentes tengan la contención, la educación y el apoyo necesario para hacer frente a este peligro que se cierne sobre esta nueva generación.

Finalmente, y no menos importante, se encuentra la falta de identidad sexual entre nuestros jóvenes. Esta falta de identidad sexual, ampliamente aceptada en nuestra sociedad, ha abierto la puerta a la práctica de la homosexualidad en todas sus formas (gays, lesbianas, travestis, transexuales, bisexuales o heterosexuales). Son varias las causas que pueden llevar a nuestros jóvenes a esta práctica disfuncional; entre ellas se incluye: tristeza y soledad, inadaptación y falta de autoestima, desconfianza y miedo, narcisismo, traumas sexuales de la infancia, rebeldía y autorechazo.

Hoy día no solo se defienden los derechos de los homosexuales, sino que se promueve la homosexualidad como la libre elección de la sexualidad y el rechazo absoluto de la creación de la raza humana a imagen y semejanza de Dios. La Biblia es clara: “hombre y mujer los creó” (Génesis 1:27). Sin embargo, el apóstol Pablo fue muy directo en su carta a los corintios: “No se engañen: que ni los inmorales sexuales… ni los adúlteros ni los afeminados ni los homosexuales… heredarán el reino de Dios”.   Sin embargo, en Cristo, tenemos redención. Siempre podemos volver a los principios que Dios ha establecido en su Palabra… y ser “lavados… santificados… justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:9-11).

Ante esta cruda realidad, es imperioso que el matrimonio, como núcleo de la familia, esté fundado firmemente en Cristo, nuestro Señor, para poder contrarrestar la presión que experimentan nuestros hijos y la tentación a involucrarse en estas prácticas que no conducen a una vida sana y feliz.

Es vital que cada matrimonio, bien establecido y cimentado en la verdad de la Palabra de Dios, enseñe a sus hijos, desde muy temprana edad, los valores bíblicos que pueden marcarles el camino a la felicidad.

Matrimonios cristianos: seamos columnas de esta sociedad y precursores que marquen el rumbo a la próxima generación.

Dios los bendiga.

Ritchie y Rosa Pugliese

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