Por Ritchie y Rosa Pugliese
Había una vez un pequeño pájaro que volaba hacia el sur para escapar del frío invierno del norte, pero el aire estaba tan frío que empezó a congelarse y no pudo seguir viaje hasta un clima más cálido. Finalmente, el pajarito se precipitó y cayó en medio de un enorme campo donde pastaba un rebaño de vacas. De pronto, una vaca que pasaba por allí evacuó y echó estiércol sobre el pequeño pájaro congelado. Al principio, el pajarito se enojó mucho, pero después sintió que el estiércol le brindaba calor. Pasaron unos minutos y el pequeño pájaro se descongeló y, al recuperar su energía, empezó a cantar de gozo.
Justo cuando empezó a cantar, pasó por casualidad un gato, que al escuchar el alegre canto del pájaro siguió el sonido del canto hasta encontrar la pila de estiércol. Para su asombro, descubrió allí al pajarito. Entonces, lo desenterró… ¡y se lo comió!
Podemos aprender tres lecciones de esta fábula. Primero, no todo aquel que nos echa estiércol es nuestro enemigo. Segundo, no todo aquel que nos saca de allí es un amigo. Por último, cuando estamos tapados de estiércol, ¡conviene mantener la boca cerrada!
A veces las situaciones de la vida son confusas. Juzgamos por lo que ven nuestros ojos, pero no vemos lo que hay detrás. No sabemos exactamente quién tuvo responsabilidad en un asunto, hasta qué grado y cuánto contribuyó a tal situación. En ocasiones los demás nos lastiman sin querer. ¡A veces ni siquiera saben que nos lastimaron! Por lo general, son malentendidos o diferencias de opinión o incluso distintos puntos de vista.
Otras veces piensas que alguien te está ayudando (como el gato que desenterró al pajarito), pero un día te das cuenta de que, en realidad, no era así. Allí sientes el dolor punzante de la traición. Confiabas en alguien, que de alguna manera te engañó. Incluso podrías sentir que Dios te traicionó, porque lo que estás atravesando en tu vida contradice lo que declara su Palabra sobre su amor y cuidado por sus hijos. Entonces, te confundes.
A veces hablamos cuando deberíamos callar. Nos apresuramos, somos impulsivos, reaccionamos duramente, sacamos conclusiones apresuradas… y por alguna razón, empeoramos las cosas (como el pajarito). O criticamos y calumniamos a quienes nos lastiman, con lo cual creamos más discordia y confusión. Sin embargo, la Palabra de Dios dice: “Más bien, sean bondadosos y misericordiosos los unos con los otros, perdonándose unos a otros como Dios también los perdonó a ustedes en Cristo” (Efesios 4:32).
Podemos interpretar lo que nos sucede en la vida de varias maneras y tener todo tipo de respuestas; pero solo cuando entendemos que todo sucede por algo, que todo tiene un propósito, podemos responder como Dios quiere.
Quizás en el momento no lo comprendemos, no lo podemos ver. Recuerda que estamos tapados de estiércol, como el pajarito de la fábula; pero, sin duda, debemos aprender algo de cualquier situación que nos enoja, nos duele y nos decepciona, porque Dios nos llama a “[soportarnos] unos a otros, y [perdonarnos] unos a otros si alguno tuviere queja contra otro” (Colosenses 3:13).
En esos momentos, nos cuesta terriblemente acercarnos a Dios, porque en lo profundo de nuestro corazón sentimos vergüenza y culpa por nuestra falta de perdón. Muchas veces el remordimiento nos atormenta, porque nuestro corazón está lleno de resentimiento y amargura. Sin embargo, el Señor nos invita a acercarnos “confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:6).
No podemos cambiar lo que sucedió, pero podemos cambiar nuestra manera de responder al que nos ofendió o nos hirió. Dice la Biblia en Hechos 7:60, que cuando apedrearon a Esteban, el primer mártir de la iglesia, pudo perdonar a quienes lo estaban matando, y oró: “¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!”.
¿Cómo pudo Esteban responder de esa manera? El versículo 56 nos da la respuesta: había visto “los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios”. Haber visto un futuro glorioso y un propósito superior le dio la fortaleza que necesitaba para perdonar a quienes no merecían su perdón. Como en el caso de Esteban, tal vez, tus ofensores nunca admitan haberte ofendido, pero tú puedes perdonarlos y ser libre de esa carga que abruma tu corazón.
Solo cuando dejamos atrás las ofensas, las heridas, la traición, el desengaño y nuestro pasado doloroso, y nos atrevemos a perdonar, somos libres del resentimiento y la amargura que nos atan y nos impiden avanzar.
Tal vez necesites perdonar a tu esposo o esposa, a tu padre o madre, a tu hermano o hermana, a un compañero de trabajo, a un jefe u otro miembro de tu familia, incluso a alguien de la familia de la fe. Sea quien sea, perdonarlo te traerá la sanidad emocional que necesitas para vivir en libertad y caminar en victoria hacia el cumplimiento del plan de Dios para tu vida. “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13).
Te invitamos a hacer esta oración: Padre amado, reconozco que la falta de perdón está agobiando mi alma y me está robando la fuerza y el gozo. Admito tener resentimiento y amargura en mi corazón, porque no puedo dejar de pensar en el pasado. No quiero seguir viviendo así. No quiero que eso dañe mi relación contigo y con quienes me rodean. Te ruego que me ayudes a ser libre. Abre mi mente y mi corazón para que pueda entender y poner por obra los principios infalibles de tu Palabra y dame la fuerza que necesito para poder perdonar. En el nombre de Jesús, amén.

Si hiciste esta oración, el Señor te hizo libre. Comparte este artículo para que otros también puedan ser libres.

Dios te bendiga.

Ritchie y Rosa Pugliese

CategoryArtículos
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